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16 de enero de 2009

Manifiesto del Escritor Web



La vida pasa rápido y yo mañana podría estar muerto. No tengo tiempo para entrar en ese proceso “kafkiano” de buscar un editor para mi obra, más cuando casi todo lo que se publica es un tipo de literatura consumible, destinada a un lector poco exigente y alienado dentro de un sistema que sólo busca un beneficio económico. Está claro que a la industria editorial le dejó de interesar la buena literatura, en favor de un nuevo producto que bien podría semejarse, si se me permite la comparación, a una hamburguesa de McDonald´s. A eso lo quieren reducir todo: la “literatura chatarra” en pos del logro económico y a costa de un lector complaciente.


Y ya no son los contenidos sin fondo que tanto predominan, también es la forma que se ve asediada por un total desprecio, que se evidencia de manera ordinaria en todo el ámbito literario actual. Antes, por lo menos, se trataba de escribir con cierto estilo, por ejemplo, sin incurrir en reiteradas cacofonías, cuando ahora está de moda todo lo contrario, por ser tantos y tantos los autores que la practican sin ningún remordimiento, asimismo como los editores que la promueven. Ya nada importa, hay que vender de acuerdo a la gente que consume dichos sucedáneos, mientras que el arte de la literatura se degrada. Ahora los escritores cacofónicos, algunos de los cuales quieren hacer pasar como grandes maestros en su oficio, son los que abundan. Ya les digo: la vulgarización de la literatura, igual que “hamburguesas de McDonald´s”.


El insulto a la inteligencia, por tanto, ya es parte de las políticas editoriales, cuando la “literatura chatarra” se amontona en las mesas de novedades y en los expositores de las librerías, como un producto consumible o como una lata de Coca-Cola en un refrigerador, para servir a ese lector complaciente que se leerá cualquier novela con una bonita foto en la portada. Algo sencillo de leer y que no haga pensar mucho, que se pueda vender fácil y rápido, especial para los alienados, literatura que vuele a ras de suelo para las mentes convencionales.


A esta lamentable situación tenemos que aunar, dentro de las estrategias al uso, la farsa de los premios literarios convocados por las grandes editoriales que, así mismo, funcionan bajo la sinergia arriba mencionada y como parte de un mecanismo de promoción comercial, donde las obras ganadoras, la mayoría de las veces, surgen de una negociación anterior y bajo determinados intereses que son ajenos a la competencia en sí, y que hacen del concurso una mera fachada de cartón piedra, un subterfugio y una burla hacia los incrédulos participantes que se convierten, con ese acto, en una simple comparsa para el fraude.


Y el problema de fondo, a fin de cuentas, es que la literatura se está alejando del arte para acercarse cada vez más a un producto consumista, en una apreciación general hacia la baja que la desvirtúa y la despoja de sus valores históricos, para ser mostrada desde una nueva perspectiva que se transforma en ejemplo para las futuras generaciones. Cuando se habla de crisis en el sector editorial se hace desde la visión exclusiva de los beneficios, cuando la verdadera crisis está en la calidad de contenidos. Este ejemplo nos permite apreciar la verdadera dimensión del problema: la literatura está siendo abandonada por aquéllos que deberían ser sus valedores, con el fin único de obtener un buen resultado comercial y con la excusa de la propia subsistencia de la actividad editorial.


Por estas razones, y ante el desdén de una industria editorial que desprecia la literatura como arte, los narradores, que no practicamos las formas y contenidos de la banalidad, tenemos la obligación de buscar nuevos espacios para dar salida a nuestro trabajo. En este punto, y gracias al desarrollo de las nuevas tecnologías, que convergen en una red donde fluye y se comparte de manera libre la información, es donde el escritor puede ir en busca de un nuevo tipo de lectores: los lectores del futuro. El Internet, entonces, se convierte en un salvavidas momentáneo para aquellos creadores que apostaron por el arte y la literatura, teniendo en cuenta, sin embargo, que son muy pocos los que asumen el riesgo de regalar su trabajo y de ser algo más que comentaristas ocurrentes, o dedicarse a la comicidad, lo que a la postre arroja una panorámica desalentadora en referencia a los contenidos y ahuyenta el interés de la crítica y la prensa escrita para tratar las obras literarias que se generan bajo tales circunstancias.


Como se ve, son algunos los riesgos y muchas las incertidumbres, pero cuando no hay otra salida, cuando no hay nada que perder, porque ya estaba de antemano todo perdido, no se puede dudar ni pensar en la derrota; entonces, el salto al vacío es inevitable, es una cuestión de honestidad, de creer en lo que haces y saber que no eres menos que nadie, porque, a fin de cuentas, eres un artista y eso es lo importante.


Yo, desde luego, prefiero regalar mi obra por Internet antes que ser derrotado por la ceguera y la ineptitud de unos cuantos, y aquí estoy, sentado frente a una Sony Vaio del 98, comprada de segunda mano, retando a todo el medio editorial (agentes literarios, editores y críticos), para que sepan que soy el escritor más underground del mundo por el simple valor de mis declaraciones, la determinación, y por el hecho de ser un artista que escribe desde la adversidad y que es consciente de que dar a la luz pública este manifiesto es el último acto romántico de la literatura, en espera de aquellos editores que apostaban por el arte.


Hoy el ejercicio literario es más libre que nunca, también su difusión, y el “escritor web”, que está impregnado de futuro, nace para cambiar un medio que por momentos necesita aires de renovación. Las editoriales ya dejaron de ser un filtro fiable respecto a la calidad de contenidos, y el libro impreso en papel se ve amenazado por las nuevas tecnologías digitales, de tal modo que los escritores, en un futuro cercano, no necesitarán de intermediarios para dar a conocer su trabajo, que se hará a través de Internet y a cambio de una donación económica, de parte de los lectores, y por algún sistema de comercio electrónico, tipo PayPal o similar.

Tú que escribes bien, deja de mirarte al ombligo; ¿crees que tienes un tesoro que nadie leerá?; son millones los lectores que te esperan; ahora puedes ser un pionero de la literatura digital, de escribir una página en la historia; ya el paso del tiempo juzgará a cada cual según la calidad de su trabajo; no tengas miedo de formar parte del futuro y, sobre todo, no dejes que nadie pisotee el sueño de tu vida.

Dentro de poco, les aseguro, grandes escritores surgirán por Internet.


Pablo Paniagua, a 15 de diciembre del 2007 (publicado el 16 de enero del 2008).

http://www.escritorweb. blogspot.com/



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9 de enero de 2009

Raúl Barón Biza -El Derecho de Matar-

Luego de varios días de receso (no vacacional) sino más bien de cuelgue cibernético, Libros que Muerden vuelve a la carga y en esta ocasión te presenta a un autor que si aún no conocés, no podés dejar de hacerlo en este mismo momento...


Para comenzar, qué mejor que leer algo sobre la vida de este enigmático artista que fue catalogado de maldito, de pornográfo, de escritor menor y poco talentoso. Además fue prohibido, censurado, juzgado y encarcelado por su obra...

Raúl Barón Biza (Córdoba, 1899Buenos Aires, 17 de agosto de 1964) fue un escritor y político argentino de la Unión Cívica Radical. Tras una agitada vida privada y pública, se suicidó tras arrojar un vaso de ácido sulfúrico al rostro de su segunda esposa.

Barón Biza era un hombre de acomodada posición, hijo de los millonarios Wilfrid Barón y Catalina Biza, poseedores de grandes latifundios en la provincia de Córdoba. Desde su juventud incursionó en política, apoyando al líder radical Hipólito Yrigoyen, una posición extremadamente inusual en las clases más acomodadas; se abocó también a la literatura, publicando en 1924 el polémico Risas, lágrimas y sedas, y a los negocios. Fue uno de los introductores del cultivo sistemático del olivo en Argentina, y organizó la explotación de minas de wolframio y bismuto en el noroeste del país. De vacaciones en Italia, donde llevaba vida de playboy, conoció en Venecia a la actriz austríaca Rosa Martha Rossi Hoffmann, que actuaba con el seudónimo de Myriam Stefford. Tras un rápido y apasionado romance, el 28 de agosto de 1930 contrajeron matrimonio.

La pareja se afincó en Argentina, alternando la residencia porteña con la estancia "Los Cerrillos" que poseía Barón Biza en Alta Gracia, Córdoba. Entre las peculiaridades del alocado tren de vida de la pareja estaba la afición de Stefford a la aviación; adquirieron un monomotor, con la intención de recorrer con él todas las provincias del país. Antes de obtener su brevet, Stefford ya pilotaba, siendo una de las primeras mujeres piloto de Argentina. Poco antes del primer aniversario de la boda, el 26 de agosto de 1931, participaba en un raid aéreo cuando se precipitó a tierra en Marayes, provincia de San Juan. Las versiones sobre el accidente estuvieron teñidas del más ríspido sensacionalismo, afirmándose que el accidente había sido provocado por el esposo; éste dedicó a la memoria de Stefford un colosal monumento, erigido en el campo familiar. Es un obelisco de hormigón armado, de 82 m de altura, diseñado por el ingeniero Fausto Newton, bajo cuya base hay una cripta abovedada en la que descansan los restos de aquella; lleva la inscripción Viajero, rinde homenaje con tu silencio a la mujer que, en su audacia, quiso llegar hasta las águilas.

Mientras tanto, la situación política de Barón Biza peligraba; había apoyado a José Félix Uriburu cuando este derrocó a Yrigoyen, pese a su antigua simpatía por el político radical, pero poco después comenzó a combatir al régimen de la Década Infame. La publicación de un periódico opositor lo llevó a la persecución y al exilio en Uruguay, pero tampoco allí pudo actuar libremente. La convocatoria de una huelga de protesta contra los gobiernos argentino, uruguayo y brasileño lo llevó a prisión en el país transplatino. Esta gesta se ve reflejada en su libro periodístico "Por qué me hice revolucionario" (1932) publicado en Montevideo por Editorial Campo. Una segunda edición saldría en la Argentina un año después, con varios párrafos censurados.

Es en la cárcel cuando finaliza los trámites de publicación de la más célebre y controvertida de sus obras, El derecho de matar, una novela pornográfico-filosófica en la tradición del Marqués de Sade. El libro estaba revestido en plata y en su portada aparecían una calavera y una guadaña ensangrentada. En su interior tenía ilustraciones art-decó del dibujante Teodoro Piotti. Barón Biza hizo enviar uno de los ejemplares al Vaticano, mofándose del Papa con estas palabras: "para que tus porteros lo dejen pasar, para poder atraer tu atención, para que él sea una nota relevante de brillo en el salón entristecido de tu biblioteca oscura; he revestido de plata su portada".

"El Derecho de Matar" cuenta la historia de Jorge Morganti, su hermana Irma y su amante Cleo. El relato es intencionalmente desparejo. En él, la artificialidad y el exotismo van tejiendo una narración sesgada por reflexiones filosófico-morales que oscilan entre el erotismo tradicional y una nueva forma creada por la aguda sensibilidad de Barón Biza.

Pese a no ser su mejor trabajo, "El Derecho de Matar" se convirtió en el libro más famoso de Barón Biza y en la "obra maldita" por excelencia de las letras latinoamericanas.

Sin embargo, el gobierno de Agustín Justo (a quien Barón Biza había llamado "grotesco y fofo tiranuelo") confiscó en la imprenta la primer tirada completa de cinco mil ejemplares, e inició contra Barón Biza un proceso por obscenidad. Defendido por Néstor Aparicio, logró con dificultad una absolución, aunque permanecería en la cárcel por razones políticas. No había sido liberado aún cuando, ante la noticia de la muerte de Yrigoyen, alquiló un tren, al que vistió de luto, para transportar desde Córdoba a los radicales que deseasen participar del cortejo fúnebre.

Posteriormente publicó una segunda versión de "El Derecho de Matar", en edición rústica ya que deseaba que la obra fuera accesible para el bolsillo de los obreros.

Poco después de su liberación, comenzó una relación romántica con Rosa Clotilde Sabattini, 20 años menor que él, hija de un estrecho amigo suyo, el líder radical Amadeo Sabattini; en 1935 contrajo matrimonio en secreto con ella, que tenía 17 años, lo que marcó la ruptura de su amistad con su padre. El matrimonio abandonó la Argentina, para que la joven siguiera estudios en Suiza y otros países europeos; sería una importante figura en el desarrollo de la pedagogía argentina. En 1940 regresaron al país, pero la persecución política del gobierno peronista los llevó a exiliarse nuevamente en Montevideo. Allí nacerían sus hijos Carlos, Jorge y María Cristina. Regresaron a Argentina a finales de esa década; en octubre de 1950 las desavenencias en la pareja habían llegado a tal extremo que Alberto Sabattini, hermano de la esposa, se batió a duelo con Barón Biza, resultando ambos heridos de bala.

En el interín, la principal ocupación de Barón Biza había sido la literatura, publicando en 1942 Punto Final, la más cruda de sus obras, que le valió un nuevo proceso por obscenidad.

En "Punto Final" se conmbinan de manera magistral nihilismo, erotismo y una refinada ironía. Es su trabajo más explícito desde lo sexual, pero no está exento de un caudal poético elegante y que lo diferenciaba claramente de la llamada "literatura prohibida". Un crítico de la época, escandalizado por el crudo estilo de Raúl, refirió: "Es el fruto de un cerebro enfermo en donde se dan cita cuanto de más infame, cínico, canalla y blasfemo pueda escribir la más envilecida de las plumas. Sólo hay una definición para el autor y su producto literario: se trata de la obra de un degenerado, en el más amplio sentido de la palabra".

A finales de 1963 publica el que probablemente sea el punto más alto de su genialidad literaria, el excepcional "Todo estaba sucio". Se trata de un libro más pesimista que los anteriores, en el que se alternan párrafos de un brutal antisemitismo con oscuras reflexiones sobre el destino de la humanidad. El lenguaje de Barón Biza se había vuelto más pulido desde lo técnico, pero también había ganado en brutalidad. Su hijo Jorge (también escritor) definió a la novela como "un torrente de resentimiento absoluto".

El 16 de agosto de 1964, Rosa Sabattini había fijado una visita con sus abogados para dar fin a los trámites de separación legal. En el curso de una discusión, a poco de recibirlos, Barón Biza —que había ofrecido un vaso de whisky a los letrados— repentinamente arrojó el contenido de otro al rostro de su esposa. Contenía ácido clorhídrico, que le produjo gravísimas quemaduras; Barón Biza huyó del lugar mientras los abogados trasladaban a la mujer al Hospital del Quemado, donde fue intervenida en la cara, el pecho y las manos. Tras la denuncia, la policía allanó su residencia al día siguiente; en el dormitorio hallaron el cadáver de Raúl, que se había disparado a la sien. Su cuerpo reposa debajo de un olivo, a pocos metros del obelisco que erigiera en honor de Myriam Stefford.

Legó a la municipalidad de Lomas de Zamora una fastuosa propiedad que poseía en la zona, el hoy llamado Parque Barón.

Tanto su ex mujer como su hija María Cristina y su hijo Jorge se suicidarían en años posteriores.

(Fuente extraída de Wikipedia, La enciclopedia libre)

Ahora pues, si has llegado hasta acá y te interesa leer algo de Raúl Barón Biza no podemos hacer menos que regalarte su obra más controvertida "El Derecho de Matar" en formato pdf, para que la imprimas o la leas directamente desde el monitor...



Si te fanatizaste con Barón Biza y querés saber todo (lo que se dice absolutamente todo) podés entrar a este Blog realizado por unos amigos cordobeses que se dedicaron, entre tantas cosas más, a restaurar la obra de Raúl.

Y de yapa (como si fuera poco) aprovechá para ver este video:




¡Esperamos de todo corazón que te mastique de lo lindo!


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