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7 de marzo de 2009

Sergio Fombona

Sergio Fombona nació en Lomas de Zamora, provincia de Buenos Aires, en septiembre de 1964. Relatos y artículos de su autoría aparecen en antologías, revistas literarias y alternativas de la Argentina, así como en publicaciones por Internet. En 1992, obtiene el Premio de Narrativa “Leopoldo Marechal” y recibe el Premio Iniciación de la Sociedad Argentina de Escritores en el género Cuento Breve. Editorial del Dock le otorga en 1993 una Mención y la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires lo premia en la categoría cuento en el “Concurso Nacional Enrique Pezzoni”. En 2004, publica La vida muerde, cuentos, Editorial Simurg. El Mayor y las perlas es su primera novela.


A modo de Prólogo (escrito por el autor para el libro de cuentos: La vida muerde. Ediciones Simurg, Buenos Aires, 2004).

Cuando yo cursaba el quinto grado de la escuela primaria, en respuesta a una broma que hice dentro del aula durante el recreo, mi compañera de banco, sin decir palabra, me aplicó un puntapié en los testículos. Recuerdo el dolor, me cubrí con ambas manos y arqueé el cuerpo hacia delante, lloraba. Ni bien entró la señorita Elena, con sus enormes anteojos de sol y el peinado a lo Mafalda, preguntó agravando su voz de mando qué estaba ocurriendo. Ante mi hipada versión de los hechos y frente a las justificaciones de mi compañera de banco, observando que yo no paraba de lagrimear, instó al grado a que coreara el estribillo de una canción. Así las cosas, además del dolor que persistía, rojo de vergüenza por el papelón, tuve que reprimir impulsos de todo tipo pellizcándome los muslos, mientras oía: “Dicen que los hombres no deben llorar...”, versión libre entre sonrisas y burlas, con la vista clavada en los labios rosados de la señorita Elena, quien reflejaba el jolgorio del grado a través de sus negros anteojos.



Contratapa de la novela: El Mayor y las perlas. Ediciones Godot, Buenos Aires, 2008.

Siempre resulta arduo escribir una novela sujeta a cierta coordenada temporal sin caer en los vicios del relato “histórico”. En El Mayor y las perlas, la voluntad del trabajo intelectual se presenta lúcidamente: la guerra de Malvinas aparece apenas recortada como telón de fondo, que genera alusiones sutiles por parte de los distintos personajes, soslayando el golpe bajo.

Este acierto indiscutible se suma a una muy hábil elección del narrador: evita otro vicio, el de la primera persona del singular, que muchas veces puede confundirse con intenciones autobiográficas. Partiendo de una mirada omnisciente, el autor se desplaza y cuenta los avatares del país —a través de las vivencias del Macho Soldati, ese joven boxeador amateur que protagoniza la novela—, en una acertada metáfora: el personaje principal cree que podrá transformar su destino dando un simple golpe de timón.


Perdida de vista

Superando el corto pasillo con vidrieras a ambos lados que remataban en plena vereda, de pronto los pies se inmovilizaron por una orden inconsciente: mordió el labio inferior con tanta fuerza que estuvo a punto de hacerlo sangrar. Lo había desnudado esa irrefrenable franqueza de chico; quiso gritar, no le hubiera servido. La vio de espaldas, parada sobre el cordón divisor de la avenida Sáenz, su cartera celeste pendiendo del costado derecho. Solamente los separaba el ancho de esa calle adoquinada. Todavía los peatones se largaban a cruzar en medio del barullo de bocinazos, motores regulando, aquella chicharra que junto con una luz roja anunciaban la barrera baja. La Silvina tomaba impulso esquivando justo una carrocería amarilla de colectivo, en ese momento se alzó la barrera, moviendo al unísono la prolongada fila de vehículos que habían esperado la marcha de una segunda formación en sentido contrario. Él siguió por su vereda, la bolsa cargada con una caja de zapatillas cada tanto le pegaba en la pierna. Sólo de a ratos distinguía su cabellera negra, su camisa blanca entre los transportes que se superaban tomando velocidad. Apretó el paso, forzado por la obstinación de hablarle, para pedirle perdón por aquélla noche. Recién logró atravesar la avenida más allá de la Iglesia, pero había perdido de vista a la Silvina. Dobló por Roca y extrañamente la parada del noventiuno estaba desierta. Hizo que iba al quiosco y se le aflojó el cuerpo, tuvo una sensación similar a cuando hacían un alto en el picado para sorber agua de la bomba colectiva. Miró hacia donde subía la numeración, le pareció que la gente lo observaba con curiosidad. Sin comprar, algo avergonzado, continuó por esa vereda a trancos largos, los ojos fijos en los baldosones como buscando moneditas.


Capítulo de la novela: El Mayor y las perlas. Ediciones Godot, Buenos Aires, 2008.


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1 mordida(s):

Anónimo dijo...

Excelente lo que escribe el autor!

:)) w-) :-j :D ;) :p :_( :) :( :X =(( :-o :-/ :-* :| :-T :] x( o% b-( :-L @X =)) :-? :-h I-)

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