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23 de diciembre de 2008

Horacio Quiroga -Decálogo & Manual del Perfecto Cuentista-

I
Cree en un maestro -Poe, Maupassant, Kipling, Chejov- como en Dios mismo.

II

Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.

III

Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia

IV

Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.

V

No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.

VI

Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: "Desde el río soplaba el viento frío", no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.

VII

No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.

VIII

Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos no pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.

IX

No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino

X

No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento.


Una larga frecuentación de personas dedicadas entre nosotros a escribir cuentos, y alguna experiencia personal al respecto, me han sugerido más de una vez la sospecha de si no hay, en el arte de escribir cuentos, algunos trucos de oficio, algunas recetas de cómodo uso y efecto seguro, y si no podrían ellos ser formulados para pasatiempo de las muchas personas cuyas ocupaciones serias no les permiten perfeccionarse en una profesión mal retribuida por lo general y no siempre bien vista.

Esta frecuentación de los cuentistas, los comentarios oídos, el haber sido confidente de sus luchas, inquietudes y desesperanzas, han traído a mi ánimo la convicción de que, salvo contadas excepciones en que un cuento sale bien sin recurso alguno, todos los restantes se realizan por medio de recetas o trucos de procedimiento al alcance de todos, siempre, claro está, que se conozcan su ubicación y su fin.

Varios amigos me han alentado a emprender este trabajo, que podríamos llamar de divulgación literaria, si lo de literario no fuera un término muy avanzado para una anagnosia elemental.

Un día, pues, emprenderé esta obra altruista, por cualquiera de sus lados, y piadosa, desde otros puntos de vista.

Hoy apuntaré algunos de los trucos que me han parecido hallarse más a flor de ojo. Hubiera sido mi deseo citar los cuentos nacionales cuyos párrafos extracto más adelante. Otra vez será. Contentémonos por ahora con exponer tres o cuatro recetas de las más usuales y seguras, convencidos de que ellas facilitarán la práctica cómoda y casera de lo que se ha venido a llamar el más difícil de los géneros literarios.

Comenzaremos por el final. Me he convencido de que, del mismo modo que en el soneto, el cuento empieza por el fin. Nada en el mundo parecería más fácil que hallar la frase final para una historia que, precisamente, acaba de concluir. Nada, sin embargo, es más difícil.

Encontré una vez a un amigo mío, excelente cuentista, llorando, de codos sobre un cuento que no podía terminar. Faltábale sólo la frase final. Pero no la veía, sollozaba, sin lograr verla así tampoco.

He observado que el llanto sirve por lo general en literatura para vivir el cuento, al modo ruso; pero no para escribirlo. Podría asegurarse a ojos cerrados que toda historia que hace sollozar a su autor al escribirla, admite matemáticamente esta frase final:

"¡Estaba muerta!"

Por no recordarla a tiempo su autor, hemos visto fracasar más de un cuento de gran fuerza. El artista muy sensible debe tener siempre listos, cómo lágrimas en la punta de su lápiz, los admirativos.

Las frases breves son indispensables para finalizar los cuentos de emoción recóndita o contenida. Una de ellas es:

"Nunca volvieron a verse".

Puede ser más contenida aun:

"Sólo ella volvió el rostro".

Y cuando la amargura y un cierto desdén superior priman en el autor, cabe esta sencilla frase:

"Y así continuaron viviendo".

Otra frase de espíritu semejante a la anterior, aunque más cortante de estilo:

"Fue lo que hicieron".

Y ésta, por fin, que por demostrar gran dominio de sí e irónica suficiencia en el género, no recomendaría a los principiantes:

"El cuento concluye aquí. Lo demás, apenas si tiene importancia para los personajes".

Esto no obstante, existe un truco para finalizar un cuento, que no es precisamente final, de gran efecto siempre y muy grato a los prosistas que escriben también en verso. Es este el truco del "leitmotiv".

Final: "Allá a lo lejos, tras el negro páramo calcinado, el fuego apagaba sus últimas llamas..."

Comienzo del cuento: "Silbando entre las pajas, el fuego invadía el campo, levantando grandes llamaradas. La criatura dormía..."

De mis muchas y prolijas observaciones, he deducido que el comienzo del cuento no es, como muchos desean creerlo, una tarea elemental. "Todo es comenzar". Nada más cierto, pero hay que hacerlo. Para comenzar se necesita, en el noventa y nueve por ciento de los casos, saber a dónde se va. "La primera palabra de un cuento -se ha dicho- debe ya estar escrita con miras al final".

De acuerdo con este canon, he notado que el comienzo exabrupto, como si ya el lector conociera parte de la historia que le vamos a narrar, proporciona al cuento insólito vigor. Y he notado asimismo que la iniciación con oraciones complementarias favorece grandemente estos comienzos. Un ejemplo:

"Como Elena no estaba dispuesta a concederlo, él, después de observarla fríamente, fue a coger su sombrero. Ella, por todo comentario, se encogió de hombros".

Yo tuve siempre la impresión de que un cuento comenzado así tiene grandes posibilidades de triunfar. ¿Quién era Elena? Y él, ¿cómo se llamaba? ¿Qué cosa no le concedió Elena? ¿Qué motivos tenía él para pedírselo? ¿Y por qué observó fríamente a Elena, en vez de hacerlo furiosamente, como era lógico de esperar?

Véase todo lo que del cuento se ignora. Nadie lo sabe. Pero la atención del lector ya ha sido cogida por sorpresa, y esto constituye un desiderátum, en el arte de contar.

He anotado algunas variantes a este truco de las frases secundarias. De óptimo efecto suele ser el comienzo condicional:

"De haberla conocido a tiempo, el diputado hubiera ganado un saludo, y la reelección. Pero perdió ambas cosas".

A semejanza del ejemplo anterior, nada sabemos de estos personajes presentados como ya conocidos nuestros, ni de quién fuera tan influyente dama a quien el diputado no reconoció. El truco del interés está, precisamente, en ello.

"Como acababa de llover, el agua goteaba aún por los cristales. Y el seguir las líneas con el dedo fue la diversión mayor que desde su matrimonio hubiera tenido la recién casada".

Nadie supone que la luna de miel pueda mostrarse tan parca de dulzura al punto de hallarla por fin a lo largo de un vidrio en una tarde de lluvia.

De estas pequeñas diabluras está constituido el arte de contar. En un tiempo se acudió a menudo, como a un procedimiento eficacísimo, al comienzo del cuento en diálogo. Hoy el misterio del diálogo se ha desvanecido del todo. Tal vez dos o tres frases agudas arrastren todavía; pero si pasan de cuatro el lector salta en seguida. "No cansar". Tal es, a mi modo de ver, el apotegma inicial del perfecto cuentista. El tiempo es demasiado breve en esta miserable vida para perdérselo de un modo más miserable aún.

De acuerdo con mis impresiones tomadas aquí y allá, deduzco que el truco más eficaz (o eficiente, como se dice en la Escuela Normal), se lo halla en el uso de dos viejas fórmulas abandonadas, y a las que en un tiempo, sin embargo, se entregaron con toda su buena fe los viejos cuentistas. Ellas son:

"Era una hermosa noche de primavera" y "Había una vez..."

¿Qué intriga nos anuncian estos comienzos? ¿Qué evocaciones más insípidas, a fuerza de ingenuas, que las que despiertan estas dos sencillas y calmas frases? Nada en nuestro interior se violenta con ellas. Nada prometen ni nada sugieren a nuestro instinto adivinatorio. Puédese, sin embargo, confiar en su éxito... si el resto vale. Después de meditarlo mucho, no he hallado a ambas recetas más que un inconveniente: el de despertar terriblemente la malicia de los cultores del cuento. Esta malicia profesional es la misma con que se acogería el anuncio de un hombre al que se dispusiera a revelar la belleza de una dama vulgarmente encubierta: "¡Cuidado! ¡Es hermosísima!"

Existe un truco singular, poco practicado, y, sin embargo, lleno de frescura cuando se lo usa con mala fe.

Este truco es el del lugar común. Nadie ignora lo que es en literatura el lugar común. "Pálido como la muerte" y "Dar la mano derecha por obtener algo" son dos bien característicos.

Llamamos lugar común de buena fe al que se comete arrastrado inconscientemente por el más puro sentimiento artístico; esta pureza de arte que nos lleva a loar en verso el encanto de las grietas de los ladrillos del andén de la estación del pueblecito de Cucullú, y la impresión sufrida por estos mismos ladrillos el día que la novia de nuestro amigo, a la que sólo conocíamos de vista, por casualidad los pisó.

Esta es la buena fe. La mala fe se reconoce en la falta de correlación entre la frase hecha y el sentimiento o circunstancia que la inspiran.

Ponerse pálido como la muerte ante el cadáver de la novia es un lugar común. Deja de serlo cuando al ver perfectamente viva a la novia de nuestro amigo, palidecemos hasta la muerte.

"Yo insistía en quitarle el lodo de los zapatos. Ella, riendo, se negaba. Y, con un breve saludo, saltó al tren, enfangada hasta el tobillo. Era la primera vez que yo la veía; no me había seducido, ni interesado, ni he vuelto más a verla. Pero lo que ella ignora es que, en aquel momento, yo hubiera dado con gusto la mano derecha por quitarle el barro de los zapatos".

Es natural y propio de un varón perder su mano por un amor, una vida o un beso. No lo es ya tanto darla por ver de cerca los zapatos de una desconocida. Sorprende la frase fuera de su ubicación psicológica habitual; y aquí está la mala fe.

El tiempo es breve. No son pocos los trucos que quedan por examinar. Creo firmemente que si añadimos a los ya estudiados el truco de la contraposición de adjetivos, el del color local, el truco de las ciencias técnicas, el del estilista sobrio, el del folklore, y algunos más que no escapan a la malicia de los colegas, facilitarán todos ellos en gran medida la confección casera, rápida y sin fallas, de nuestros mejores cuentos nacionales...


Fuente obtenida de: Ciudad Seva

¿Te identificás con todos estos puntos ofrecidos por Quiroga?

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16 de diciembre de 2008

Alejandro Farías "Frío"

Hoy L.Q.M te vuelve a traer a un autor que ya ha pasado por nuestro fotolog, aquí podrás leer la información ampliada y actualizada...

Alejandro Farías nació en Bahia Blanca en 1978. Es autor del poemario "Cuando Digo" (2007, edit Imaginante) y de la novela "La edad del sueño" (2002, Perro Editorial). Es editor y guionista de la revista de historietas independiente Dies Mercuri. Armó y participó -Junto a Marcos Vergara- "Traición" antología de historietas.
Su nouvelle "Frío" fue editada por Loco Rabia en septiembre de 2008, en Córdoba.


Un hombre tímido es arrastrado a vivir una vida que no es la suya. Atrapado en esa nueva identidad, escribe cartas a su mujer, cartas que nunca envía y que quedan abandonadas en un cuaderno. Años después el cuaderno es transformado en el libro que vas a leer, transcripto a computadora por otro tímido hombre que por trabajar para solventar su vida no puede vivirla.
Las anécdotas absurdas, las reflexiones y los miedos de estos dos hombres son el eje de Frío

...y así es como empieza este libro:


"Perdona la letra desprolija pero rompí los anteojos de marco verde que me regalaste cuando festejamos mi cumpleaños en el quincho de los Otamendi. En aquella oportunidad me retaste por mi acostumbrada torpeza pues, como es hábito en mí, había volcado vino sobre alguien o había incurrido en algún accidente por el estilo. Ahora estoy preso de la miopía y mi escasa visión nubla todo lo que me rodea, todo menos el recuerdo y he descubierto que me es muy importante preservarlo, como si en su mínima molécula se hallaran entretejidos los momentos que diferencian mi vida de la del resto. Ahora que el frío avanza siento que no poseo una memoria sino que soy una memoria y en esa certeza encuentro un camino hacia....

Si querés seguir leyendo "Frío" y además conseguir un ejemplar de "Traición" podés acercarte a cualquiera de estos lugares...


Puestos de diario (lanzamiento) :

Capital: Cabildo 3339 / Cabildo 3940 /Cabildo 4394 /Cabildo 4416 Vicente López: Maipú 99 /Maipú 299 /Maipú 936 Olivos: Maipú 2347 / Maipú 3028 / Paraná 2490


Contacto con el autor: alexandrofarias@hotmail.com http://www.tengolospiesfrios.blogspot.com



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6 de diciembre de 2008

El Escritor & el Reloj

HAY tres clases de escritores: los que escriben con el reloj, los que escriben contra él y los que escriben sin él. Los primeros escriben metódicamente un número más o menos fijo de páginas por día; los segundos teclean apremiados por las circunstancias; y los terceros escriben cuando les da la gana.

Esta clasificación es independiente de la calidad de la producción. Lope de Vega, Balzac y Trollope se guiaban rigurosamente por el reloj. Tanto como Corín Tellado, que produjo semanalmente una novela del género "sentimental-comercial", como ella misma las llamaba.

Los periodistas escriben necesariamente apremiados por el reloj. El gran periodista español Pepe Ortega Spottorno los llamó obreros del minuto. (Su padre, el famoso filósofo José Ortega y Gasset, supo combinar el periodismo con la labor académica.) Pero los hay buenos, mediocres y malos.

El apremio puede ser freno o acicate. Puede limitar el horizonte o la profundidad. Pero también puede obligar a la síntesis, que, al descartar el detalle, exhibe lo esencial. El que resulte lo uno o lo otro depende de la cultura y penetración del escritor.

También el traductor escribe contra el reloj. Escribe a razón de tantas palabras por plato de lentejas (o garbanzos, como se diría en España). Esto explica en parte el que las traducciones suelan ser malas, a menos que sean obra de autores que ponen amor en su trabajo, o de profesionales razonablemente bien pagados (a razón de cinco centavos por hora, como en América del Norte, y no de uno o dos, como en la Argentina).

Algunos escritos de circunstancias han pasado a la historia, tales como el elogio fúnebre de Pericles y el discurso de Churchill sobre "sangre, sudor y lágrimas". Y ha habido más de un editorial elocuente que ha decidido una elección o el destino de un proyecto de ley.

Pero convengamos en que no se puede escribir un pasaje poético mirando el reloj. Para escribir buena poesía es necesario (aunque, por supuesto, insuficiente) estar en el estado de ánimo adecuado. Al fin y al cabo, no hay poesía auténtica sin sentimientos, y éstos no se evocan a voluntad (salvo en el caso de los grandes actores).

El calendario ayuda a planear, y el reloj, a regular la producción. Pero ni uno ni otro pueden suplir la inspiración ni el oficio. En esto, el artista no se distingue del científico ni del técnico.

Del éxito al fracaso

El reloj interviene también en la etapa del pulido. Los perfeccionistas pulen y repulen. Si quedan satisfechos es porque han agostado la frescura del texto inicial: éste termina por ser tan impecable como acartonado y rebuscado. El éxito en ciernes se ha transformado en fracaso.

La situación ideal del escritor respecto del reloj es ésta: mirarlo para saber cuánto tiempo le llevó escribir un texto, no para saber de cuánto tiempo dispone para escribirlo. O sea, lo ideal es usar el reloj como control y no como látigo.

Los escritores profesionales de los países llamados socialistas no parecen haber necesitado relojes. Eran asalariados. Una vez escrita la obra políticamente correcta y ampliamente publicitada por el Partido, podían disfrutar de una vida burguesa.

No envidiemos a los escritores asalariados: no pasan apuros, pero tampoco sufren las exquisitas angustias de la creación. Además, son recompensados por funcionarios, no por sus lectores.

¿La pasan mejor los escritores independientes que viven de su pluma o, mejor dicho, de su computadora? Sí y no. Sí, porque no escriben confinados: porque tienen libertad para escribir lo que acaso nadie publique. Que es como gozar de la libertad de morirse de hambre literaria.

Los escritores independientes no la pasan mejor, porque escriben para el mercado, el que suele ser tan mal patrón como el Estado. En efecto, el mercado no suele seleccionar lo mejor sino lo que satisface al consumidor de escasa cultura. Premia sobre todo al escritor que firma contratos de edición por obras que aún no ha fabricado, no al que se desvela por encontrar la palabra justa.

La industria literaria es comercialmente respetable, así como el arte literario es comercialmente insignificante. Pero esto no vale para explicar todo fracaso literario como efecto del rechazo del público ignaro. Los críticos literarios franceses saben distinguir al buen escritor que, aunque no venda, obtiene un succés d´estime .

Después de grandes fatigas

Los escritores que tienen una ocupación doble están sobrecargados de trabajo, pero sólo escriben lo que quieren y cuando quieren. Compensan la esclavitud profesional con la libertad literaria.Y tienen la ventaja adicional de no quedarles tiempo para ser perfeccionistas. Al fin y al cabo, más vale diamante en bruto que granito pulido.

Quizá los escritores que la pasan mejor son los que tienen una ocupación adicional que les asegura la subsistencia. Pienso en Anthony Trollope (director de correos), Antonio Machado (profesor), Vladimir Nabokov (catedrático), Giuseppe di Lampedusa (terrateniente), Pablo Neruda, Carlos Fuentes y Abel Posse (diplomáticos), Jorge Luis Borges (bibliotecario), Primo Levi (químico industrial) y el joven Gabriel García Márquez (periodista).

Es raro el escritor que, como Cervantes, Lope de Vega, Shakespeare, Moliére, Goldoni, Balzac y Pérez Galdós, logra escribir obras de arte accesibles al gran público y, por consiguiente, rentables. Y suele ocurrir que, cuando lo logra después de grandes fatigas y tristes miserias, queda poca arena por escurrir en su modesto reloj.

Yo gozo del privilegio de ser periodista francotirador además de profesor. Escribo sólo cuando tengo algo que decir y, hasta ahora, me han permitido decir lo que he querido. No me siento vigilado por patrones ni lectores. Pero me afligiría, y dejaría de escribir notas periodísticas, si supiera que ninguna de ellas motiva cartas airadas al director. ¿Para qué disparar si nunca se da en el blanco?

El escritor afortunado lleva el reloj en la muñeca: sólo lo consulta cuando es necesario. Los demás marcan el reloj. Pero, en definitiva, lo que importa es que la marca del reloj no quede en el texto.

por Mario Bunge

para La Nación

¿Y vos en qué categoría te encontrarías?

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