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8 de noviembre de 2008

Guillermo de Pósfay -Sed-

Con este autor y con este libro dabamos inicio a nuestra sección de autores independientes en el fotolog. Nuestra intención no es repetirnos sino seguir conociendo en profundidad a muchos de nuestros escritores. Por eso hoy te dejamos este fragmento de "Sed" (originalmente extraído de la página de Guillermo) y que por alguna razón ya no se encuentra subida a internet.

Nadie puede negar que a esta altura "Guillo" (tal como se lo conoce amistosamente) se transformó en uno de los mayores referentes de la literatura independiente actual: a lo largo de más de una década ha logrado vender miles y miles de ejemplares de sus libros, y ese hecho -ya de por sí- es un verdadero modelo a seguir para todo autor/a que se precie de independiente y que no cuente con ningún "apoyo" editorial para difundir y hacer llegar sus obras a la gente.

Guillermo De Pósfay nació el 5 de mayo de 1973 pero se llamaba así desde hacía unos meses. Hijo de Norma Rey y Miguel Andrés Tomás Carlos María Pancracio Pósfay Kisbarkoski Von Nagy pasó su infancia en el barrio porteño de Parque Patricios, donde probó suerte en el club de fútbol Huracán del que más tarde lo echan porque durante los partidos juega a que es un helicóptero que sobrevuela la selva.
En la secundaria edita la revista de la escuela durante tres años y al egresar cursa un año de periodismo que abandona decepcionado mientras trabaja en una publicación veterinaria y publica cuentos en distintas revistas.
Viaja por sudamérica y europa como mochilero. Escribe ocho libros entre su niñez y adolescencia y en 1996 edita el noveno, Diffenbachia, el cual lee, le disgusta, se arrepiente, y deja de mostrarlo.
En 1997 escribe La Poesía de la Sábana Blanca a su novia que decide abandonarlo el dia que lo termina y se lo muestra. En venganza escribe La Poesía de la Sábana Negra, libro que más tarde fue suicidado. Ese mismo año se muda con cinco amigos artistas y crean la agrupación silbando bajito con la cual editan la revista El gatillo de la luna y con la que en adelante editará todos sus libros.
En 1999 su libro Huesos cuenta las experiencias de la convivencia en dicha casa. En 2000 crea un taller literario para niños donde ninguno se anota y edita SED, novela autobiográfica con una amplia descripcion de Buenos Aires. En 2001 escribe en colaboracion con Pablo Cortez el guión cinematografico La trilogía del fuego y colabora con la agrupación de escritores independientes junto a Strucci, Arbit y Souto.
En 2003 edita Yerba Mate Libre su primer novela de ficción en donde narra un presente con el mate prohibido. Todos sus libros fueron diagramados compaginados armados y vendidos por él y sus amigos.
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A Guillermo de Pósfay lo conocimos en alguna de las noches de Plaza Serrano. Vendiendo libros. Por aquel entonces estabamos Pablo Struchi, Diego Arbit, él y yo, recorriendo mesas con nuestros libros, tratando de acercar las letras a la gente. Nunca mejor eso "del autor al lector". Generalmente con Strucchi nos gastábamos la recaudación en cerveza y charla. Guille y Diego siempre fueron mucho más constantes con su causa, cosa que me causaba inmensa admiración. recorrían Buenos Aires de punta a punta con su obra bajo el brazo.

Tuve la suerte de estar con ellos en el momento y lugar exacto en que creamos la aei (Agrupación de Escritores Independientes), y lo que fué el génesis de )el asunto(.
Guillermo es un tipo especial, en serio, conocerlo es toda una experiencia. Su obra trasciende el libro para sudar asfalto, locura, soledad, desahogo, odios, calle... sobretodo eso, mucha calle.
La última vez que estuve en Buenos aires no lo ví, pero de recorrer centros culturales y presentaciones literarias, pude sentir que hay para con él (como para Arbit, Strucchi o )el asunto() un respeto muy grande. Ví gente que hablaba de aquellos años de Plaza Serrano como de la mitología misma. Como de algo muy lejano e irrepetible. Me llamó mucho la atención, debo reconocerlo.

-Juan Pablo Souto-

No se puede hablar de literatura actual o independiente en la Argentina sin mencionar a Guillermo De Pósfay. Quien diga que no hay nada nuevo surgido en los últimos años es un ignorante o miente.
Desde 1996 Guillermo escribe, edita y vende sus libros por la calle. No hay escritor con tanta constancia y respuesta de la gente. Sus libros pasan de mano en mano, se recomiendan en los suburbios de internet, se prestan, se regalan.
"sí, hoy tiene que ser un día gratis" comienza su libro Allegro Andante, y los libros de Guillermo son así. Escribe la calle desde la calle y para encontrarte con Guillermo no tenés más que salir a la calle. Guillermo relata historias en donde las frases geniales se suceden una tras otra. Verdaderos hallazgos de la poesía van conformando sus novelas que muestran la Buenos Aires actual, aunque no sólo en Buenos Aires sucedan sus libros. Entremezclados con excelentes historias de bohemia y amor están los agudos pensamientos que nos hacen reflexionar sobre lo absurdo e injusto del mundo en que vivimos. Sus personajes son pequeñas muestras de toda la sociedad en donde se exponen las miserias y alegrías, que relatadas en forma particular, nos transcriben el universo humano.
Guillermo está ahí, en donde vos estuviste y encuentra las palabras justas para expresar eso mismo que pensaste. La falta de dinero no es pobreza, la falta de medios no es impedimente, la libertad lo es todo y la escritura de Guillermo es por sobre todas las cosas eso. Libertad.

-Pablo Strucchi-

"Leer a Guillermo de Pósfay, es respirar un poco de buena vida, de verdadera vida a través de su prosa ¿prosa? Guillermo DICE COSAS, si no querés leer un libro entero de Guillermo si solamente querés leer una o dos páginas de cualquier libro de Guillermo, incluyendo este último por supuesto, te vas a encontrar con muchísimas frases dentro de la narración que te van a partir la bocha, o por lo menos te van a hacer pensar."

-Diego Arbit-




(fragmento)

Mi pasado está intacto. Mi pasado es una gran ciudad arrasada por pesadillas y tempestades. Nunca transitó un solo turista ni investigador. Soy el único interesado. Observo detenidamente las pequeñas casuchas, los grandes templos, los inmensos barrios con una sola puerta. Me agacho para recoger pedazos de cerámica. No revelan coherencia ni ningún nivel de organización. Nada complejo. Habría que concentrarse demasiado para hallar un lenguaje auténtico. Manos a la obra ¿por dónde comenzó Dios a modelar su hombre de barro?
Escribo esto en nuestros últimos días de Valle. Valle se llama nuestra casa porque está en la calle de ese nombre. Del mismo modo bautizaron una carnicería, una confitería y una clínica de muñecas. ¿Quiénes arreglan sus muñecas hoy en día? me pregunto, y segundos más tarde me recuerdo de niño buscándoles la chichita por debajo del vestido... siempre encontré plástico liso.


Todos aquí horadamos el mismo queso, una convivencia gruyere, apestosa por demás, con el sabor que perdura en el paladar durante semanas, que digo meses, años...

Me estoy mudando poco a poco a la habitación de Leo. Leo viajó a España a probar suerte con el tango. Todos los días manda escuetos mensajes de como le está yendo. Parecen telegramas. Necesita teléfonos y direcciones y los quiere a la brevedad. Somos sus cadetes sudacas. Su habitación es la más acogedora de la casa. El invierno llegó tras las lluvias y abandoné mi cuarto en la terraza. Ya no puedo ver las estrellas ni la luna. Pero no sufro mas el frío. Los gatos raspan la puerta cuando me oyen llegar. Ellos también quieren bajar. Lo siento, los dejaría si no fuera porque me cuesta sacar sus soretes de abajo del aparador. Me contracturo, y siguen sin aprender a pesar de que les refriego el hocico por la mierda. Quizás no tengan olfato, o puede que se diviertan jugando al payaso cada tanto. De modo que me estoy instalando poco a poco. Ayer bajé mi ropa. Hoy bajé mis cuadernos. Mañana te cuento como fue mi futuro.
Dago es el que está hablando ahora. Acaba de llegar y me cuenta todo recostado en el sillón verde descuerinizado. Tuvo un día mágico. Acompañó a una desconocida hasta Retiro. Desayunó ya entrada la tarde. Se sentó a fumar con los crotos de Plaza Lorea, tipos inteligentes, con mucha cultura y mucha calle, demasiada calle, demasiadas cosas para contarte, desordenadas como el trafico en el centro. Antes de volver a casa conoció una vecina que vive por el pasaje Matorras, un levante callejero. Llevaba un tambor africano consigo y por el instrumento fue que se le acercó y terminó escuchando música en su casa y al despedirse recibió un beso en la boca que no fue casual, no como los anteriores, no acá, como dice siempre tocando el ángulo de los labios sacando trompita, este fue frontal como un choque en una ruta de un solo carril. Leo llamó hace un rato. Está en Milano con Baffy cantando arrabal, viviendo en una casa okupa y tocando en un castillo. No aclaró sí dentro o fuera de el. Me cuenta que lo contrataron para tocar en el cuarto privado de un hospital a un paciente con un parche en el ojo y hay posibilidades de una fecha en un festival si el músico que contrataron de Argentina acepta trabajar de parrillero. Estuvo viajando también. Conoce Dublín, Londres, Cádiz, Berlín, Marsella, Bucarest, Budapest, Constantinopla, Hamburgo, Moscú, Oslo, Belgrado, Praga, Berna, Copenhague, Atenas, Sofía, Turín, Estocolmo, La Haya, es decir, todo Parque Chas. Por el tiempo que duró la conversación y la manera en que preguntó por todos los hechos ocurridos en su ausencia tratando de enterarse hasta de los detalles más insignificantes, el sitio, el clima y la hora, deduzco que está haciendo buen dinero. Pregunta si estoy escribiendo y pide que le mande algo, un capítulo o el principio del libro aunque sea. Leo, Leo... nunca supe como empezar un libro -y quizá reconociéndolo sea una buena manera-. Sólo pruebo mis ideas para ver que efecto producen. Me vuelvo peligroso como un gato encerrado. Mi talento es el egoísmo, Uva lo dice. Me gustaría enviarte un comienzo como el que escribió Dalmiro Sáenz: ¨Escribir sobre uno mismo es un poco incómodo. Yo por eso generalmente prefiero escribir sobre una mesa, pero, en fin, voy a hacer una excepción y voy a contarles la historia de mi vida¨. Pero nunca se me ocurrió algo así. ¿Querés saber algo de mí? ¿Qué puedo decirte? Prestáme un cigarrillo. Dame fuego. Mi encendedor no tiene más. Y estoy fumando como un sapo. No tengo tiempo de digerir la nicotina. Con frecuencia ocurre que recibo mensajes telepáticos y me invaden unas tremendas ganas de pasear por el puerto o por el barrio coreano y entonces me levanto, me calzo si estoy descalzo, me visto si estoy desnudo, me abrigo si estoy despechugado, y Dago o Nirih o quién sea no comprenden bien que sucede y me preguntan adonde voy si todavía queda vino y no fumamos el postre y son las tres de la mañana y llueve y la calle está desalmada. Les explico mi idea pero me ridiculizan y me aseguran que el asfalto seguirá siendo negro durante el día o desconfían y creen que voy a ver una chica y me preguntan su nombre y si está buena. No digo que me suceda periódicamente. Ni semanal, ni quincenal, ni mensual. Es un ultrasonido que no permite concentrarme en otra cosa. Siento que algo que me llama. A veces, ese algo es un perro arrancándose las garrapatas, un camión de basura con el eje roto o un borracho hablando con un amigo muerto. Entonces salgo. La pareja está siempre en la puerta, besuqueándose. De refregarse tienen los pantalones tan calientes como si estuvieran recién planchados. Me piden cigarrillos y les doy porque se acostumbraron a pedirme y me acostumbré a darles. Él vende relojes doce horas al día y hoy vendió dos, es decir, uno cada seis horas. Ella es empleada en una casa de computación, la manejan con joystick. Los dejo y camino. Si descubro que tengo los cordones desatados, insulto a la virgen desata nudos y los guardo entre el zapato y el pie para no atarlos. Eso forma parte de mi irresponsabilidad. Mi sombra se mueve con el viento. La ciudad se cierra como un telón. Oscuridad que ni los ojos agudos de un gato alcanzan a ver. Siento mi estómago como si hubiera comido una nube, como si durante una semana hubiese comido sólo nubes. La última vez que comí profesionalmente fue en la Boca, en casa de dos monjas que cuidan a algunas prostitutas. Una verdadera combinación ¿acaso el diablo no es una fractura del partido Celestial? Las monjas las alimentan, las curan, tal vez le paguen por algún asunto extra. Aún no recuerdo que estaba haciendo yo por ahí. Estaba lleno de niños con los mocos chorreando. Imágenes de santos y de bailanteros, la misma cosa. Cantos gregorianos. Un rosario comprado en Córdoba hecho en Tai Wan. Excelente guiso. Platos de aluminio. Vasos de plástico. Empapelado de telarañas. Olor a conjuntivitis. Los abuelos visitando a sus nietos. Asistencia social. Fui a comprar pan. Un hecho extraño lo que ocurría en la panadería. El anterior dueño acostumbraba alimentar a las palomas apenas abría su negocio. Cambio de firma. Las aves ya no son beneficiadas pero aguardan expectantes. Atacan a los que salen con el pan en sus manos. La costumbre. En la comida bebí un vaso de vino y el lugar se duplicó de gente. Tuve que sostener el asiento. Y como dije el guiso estaba sabroso hasta que en un plato apareció el tampón de la cocinera. ¡Ug! Lamenté haber comido tan rápido y estar pasando pan por la salsa. Me dieron náuseas. Tuve que salir con la mirada borrosa. Siempre fue una ventaja contar con eso. Aire Fresco. Me acerqué hasta la ribera. Es una lástima que el Riachuelo no tenga agua potable. Me hubiese baldeado los intestinos. Aún me sentía un poco mareado. Sin timonel. Con un empujoncito en el hombro bastaba para mandarme hacia la vereda de enfrente. Hacía dos días que no dormía. No distinguía mañana de ayer. Únicamente aguardaba detrás de mis ojos con el alma liviana y el cuerpo pesado, cargado de vicios y pergaminos y dolores y alegrías dobladas en un sobre de papel Manila color caqui. Después, un paseo por el margen del río. La República de la Boca. El río empastado como una pintura de Quinquela. Barcos anclados entre camalotes y botellas plásticas. Los portuarios trabajando bajo el ruido constante de los camiones atravesando el acceso sudeste. Humo de fabricas. Grises, siempre grises. Grúas, astilleros, depósitos abandonados. Olor a sudestada. Todas las bacterias flotando en el río. Las conocemos. Vienen de lejos pero viven aquí: Fortunei, Corbícula y bifenilpoliclorado. Casas construidas sobre pilotes con madera y chapa, inclinadas por el viento, a punto de caer. El multicolor de las chapas se debe a que los inmigrantes pedían los sobrantes de pintura en los astilleros. Las vías muertas. Caminito. Que no es el que inspiró el tango famoso como cree la mayoría. El auténtico Caminito es de Chilecito La Rioja. Cantinas. Murales de carnaval, amantes saltarínes, niños de oro vestidos de azul. Veredas altas. Casa Amarilla. El puente trasbordador. La torre fantasma nunca asustó a nadie. Caminando por las calles no turísticas tenés la sensación de atravesar el pasado. Hay una atmósfera dublinés. Las puertas están abiertas. Los ladrillos derrumbándose a la vista, vomitando humedad. Alguien se lava la cara en el fregadero del patio. Se refriega la toalla con violencia como si esperara mirarse espejo y tener otros rasgos, sin marcas de viruela, sin bolsas de vino bajo los ojos, con los dientes reconstruidos y blancos. Una vieja se asoma de la ventana en el primer piso. Escupe y su saliva nunca termina de desprenderse de sus labios, entrena paracaidistas. Está toda pintarrajeada y emperifollada con un vestido floreado y una echarpe en los hombros; muy mona. Las pestañas empastadas de pintura se le meten en los ojos, irritan. Imagino que se pintó y arregló sólo para asomarse a la ventana después del té. Dos mujeres pasan y dejan una ráfaga de óleo. Me gustan porque llevan un taburete metido dentro de un pantalón cocido en la botamanga. Una señora pasea a su perro en un carrito de bebé. Una maestra escupe un caramelo en el envoltorio y lo guarda para más tarde. En el kiosco comulgan cervezas destapadas a mano. Un trabajador de la dársena camina con la espalda doblada, lentamente, como un pato feo, sin fuerzas para alcanzar el colectivo que yo retengo tomado del pasamanos con un pie arriba y otro abajo. Subimos. Todo el viento del Atlántico golpea contra las ventanillas. El chofer, cuando termine este viaje, habrá recorrido la misma distancia que Elcano.
Salir de ese sitio para remontar la ciudad es desconsolador. No le encontrás sentido a tanta monotonía de veredas y casas y edificios construidos en serie. Construyen edificios al lado de casa y en la otra cuadra y dos calles mas allá y sí levantás la vista te chocás contra una pared. Cada vez es más difícil ver el cielo y la luna. ¿cuál es el piso promedio de esta ciudad? Si lo calculo entre mis amigos me da un cuarto piso ¡no se puede vivir tan lejos del suelo! En La Boca la historia se oxida. El resto de la ciudad será irreconocible en quince años. No quedará una sola casa de la infancia de nadie. Será todo nuevo, moderno, chato y de grandes alturas. Horas más tarde estoy en el Mercado de las Flores. En otra época hubiera dado mi vida por una rosa azul. Ahora observo las flores apiladas, atadas por el tallo. Belleza arrancada, belleza cultivada para marchitarse. Japoneses exhibiendo sus orquídeas experimentales. Floristas con las manos llenas de cicatrices de las espinas de las rosas. Naturaleza muerta, bien muerta, exhibiéndose. Changarines arrastrando canastos entre la multitud. El color te desborda los ojos. Nieve de isofilia. Manchas rococó. Flores teñidas. Plantas sin raíz. La droga del saptifilium. Y a la hora que los diarios nacen, cuando mi garganta ya no es tierra ni ripio si no que está pavimentada, voy paseando por Palermo sensible ¡Palermo sensible! ¡un nombre que me estremece! Un tipo me pide fuego y me acaricia la mano cuando le paso el encendedor. Otro me pide monedas dos veces en el lapso de una cuadra. Orgulloso me muestra su tatuaje en el paladar y también me cuenta que una araña le picó el ojo mientras dormitaba contra un farol. Mas allá, aguarda un loco con un hacha. El depravado observa jovencitas por encima de sus hombros. Una pareja saca a pasear su aburrimiento como a un perro ciego por la plazoleta Monte Ararat que sería el último sitio donde estacionaría mi arca. En la esquina una chica casi me atropella si no fuera porque me frené como quien se asoma. Ella sigue andando sin disculparse. Camina rapaz como un buscapié. Su pelo es hermoso. Enrulado. Largo. Pienso que podría usarlo de bufanda o de papel higiénico. Un astrónomo levanta sus brazos y trata de tocar el cielo con las manos. El horóscopo dice que tengo que estar inspirado, que tengo dos muelas menos y ya fumé el cigarrillo que me sembró cáncer. Sin embargo, cuanto más profundo respiro más dentro de mí penetro. Y estoy de cabeza al espacio ¡todos estamos de cabeza al espacio! A medida que el planeta gira las mentes comienzan a marearse como un ventilador. Todo se mueve como un calidoscopio manipulado con la muñeca partida de una camarera que sirve sus copas de ponzoña. La noche crece como barba de verdín, pegajosa como seda agusanada. Te bautiza un río de sudor contaminado con nicotina y alimentos desregulados, manchas, hollín, ralladuras, hendiduras, esmerilados. Dejándote llevar no llegás casi a ningún sitio, girás en una calesita rodeada de paredes como la de Cabrera y Anchorena. Esta misma mañana dormí catorce horas en la misma posición, sin mover un solo sueño de lugar, y al despertar, lo primero que se me cruzó por la cabeza fue que aquí en Argentina todos somos descendientes de pueblos heridos. Mi padre nació huyendo de Hitler. Mi familia tiene sangre india rebajada con española, el mestizaje que trasgiversó el significado de coger. La doctora Balian que me revisaba de pequeño había salvado su pellejo de los turcos a principio de siglo. El peluquero Lorenzo abandonó España en plena guerra civil. Los bolivianos ocupan los conventillos cercanos. Los uruguayos siempre dispuestos a picotear. Los coreanos de los almacenes llegaron para estirar las piernas y respirar sin impuestos. Los servios venden encendedores en los semáforos. Los rumanos tocan el acordeón en los parques. Vivimos en una ciudad que fue abandonada dos veces. Las viejas construcciones caen unas tras otras. Los últimos jardines son talados y en su lugar crecen edificios. Nadie baila tango en plena calle si no es por dinero. Tampoco vi pintando a nadie en la vereda, mojando su pincel con el agua de las zanjas como aquel pincheta que descubrí haciendo su sopa inyectable con esa agua y en un culo de botella. La única vez que vi una pintura en la calle había sido tirada a la basura. Estaba junto a una caja de vajilla en la misma cuadra del edificio donde vive Charly García, allí donde los adolescentes hacen guardia mirando hacia el último piso y chillan entusiasmados si el músico se asoma a escupirlos. Recuerdo que la levanté a pesar de que llovía y que cargarla conmigo me entumecía los dedos. Podía ser una obra o una maestra, pero nunca ambas cosas juntas. Mi intención era blanquearla para después volverla a pintar. No me iba a dar ninguna pena hacer eso, parecía el cuadro de un impresionista pasado por un lavarropas. El viento soplaba y la pintura se levantaba como el alerón de un avión. El sombrero se me volaba. Los carteles giratorios de los almacenes iban a toda velocidad. Las plantas tiritaban. Algún que otro curioso trataba de mirarla para hablar mal de mí. Generalmente eran amos paseando a sus perros abrigados. Lo de vestir a los animales me parece patético. Sobre todo cuando lo hacen con camisetas de fútbol. Algo así sucede con nuestra tierra. Nos ponen la camiseta de nuestros amos, brillamos como pulgas en el lomo. Las garras pasan una y otra vez para quitarnos. Veloces. Violentas. Se lastima por ahuyentar nuestra minúscula presencia, nuestro andar peregrino. Podríamos saltar un día de estos, podríamos continuar corriendo sin sentido por los mismos sitios, el lugar más seguro son las mismas garras, puedes gritar, cabalgar sobre la inmigración, defecar el abismo.

(...)

Vuelvo al pasillo. Aún no llega Dago. Ya no tengo ganas de leer. Me quedo en la entrada. El piso está sucio pero me recuesto allí de todos modos. Uso el libro de almohada. Por suerte tiene 500 páginas y cumple esa función correctamente. Algún día escribiré un libro así de largo para poder acostarse sobre el y sentirse cómodo, me lo prometo. Me quedo así, con mí alrededor incendiándose de oscuridad, emitiendo mensajes telepáticos a Dago para que venga a abrirme, escuchando... en la casa de adelante festejan un cumpleaños. Allí, donde viven los bolivianos confeccionando telas noche y día. Los sábados un coreano estaciona su camioneta en la puerta y cuenta meticulosamente la producción de la semana. Los explota, está a la vista, por la forma en que le llevan las telas y por la forma en que las cuenta. Se da un fenómeno raro en todo esto. Ningún inca se hubiera imaginado trabajando para coreanos, ni para ningún otro, os lo aseguro. La cumbia suena monótona. Casi no me doy cuenta cuando la cinta pasa de un tema a otro. En donde estoy el perro no puede verme, pero me huele y ladra otra vez. Lo hacen callar de un zapatillazo. Es el momento de soplar las velitas en el cumpleaños. Apagan las luces. Tres cantan. Veinte gritan. Ninguno afina. Resulta muy gracioso oír cantar japy verdi tuyú a los bolivianos. Es surrealista, diría Dago que sigue sin venir. Intento dormir. Intento, únicamente. La intermitencia del farol de la calle me irrita. Hace meses que está así y nadie se preocupa en arreglarla pero los impuestos de iluminación, barrido y limpieza llegan puntualmente. Los trae el cartero esquivando la mugre. Si nuestra calle fuera de tierra también nos los cobrarían. Nuestra calle no es importante, te decía. Cincuenta y seis segundos está prendida y treinta y dos segundos se mantiene apagada, la luz. Notarás mi hastío en el calculo. No lo soporto. Me levanto. Vuelvo a fumar. Lluvia, ladridos, gritos, cumbia y más ladridos y más lluvia. Dago no llega, ¿y si no viene hasta mediodía? Mejor no pensar. Salgo a la calle. Frío y fiebre amenaza amanecer. Salí a mirar. Salí a esperar. Sólo miré. Sólo esperé. El sereno de la casa de velatorios está parado en la puerta del negocio, a metros de mí. Buen negocio el de la muerte. A los faraones no se les hubiera ocurrido semejante cosa. Siempre me cayó mal el sereno. Un petiso con cara de down recuperado y broches en el cuello de su camisa. Está aburrido como yo, y eso es mucho. Mira en mi dirección cada tanto. Va y viene sobre el mismo lugar como una prostituta. Busca una mueca para ponerse a hablar. Si no hay nada mejor para hacer, podemos probar. Me acerco. Nos caemos mal mutuamente, cuestión de piel. Sin embargo me invita a pasar. Me pregunta si cené y sin esperar la respuesta me muestra un guiso que el mismo preparó. Le agradezco pero no. Ya tuve malas experiencias y además el guiso parece tener los dedos del último velado. Muchas gracias (petiso de mierda). Y hablamos. Nada entretenido. Le divierte mi situación. No le doy demasiados detalles sobre como esperaba entrar a casa... nunca se sabe. Tiene un manojo de llaves sobre el escritorio y las miro melancólico. Me cuenta que está seduciendo al dueño para que le preste un coche para pasear a su novia. Lo dice en serio. Me pregunto como se sentirá esa chica cuando lo vea venir en un coche fúnebre. Hojeo la lista de precios. Hay tres precios que varían según el cajón. El ataúd baulito es el más barato. Lo sigue el de tapa recorte y el redondo es el más caro. La mortaja es siempre la misma. El maquillaje es para guardar las apariencias. En los trámites el cadáver no necesita firmar nada. A la azafata que servirá los cafés no le podemos exigir que sea muy linda. Para llenar el silencio le cuento una historia de Pushkin que se llama El fabricante de ataúdes. Se interesa tanto en el relato que prolongo la historia y le doy otro final. Perdón maestro. El petiso estalla en una carcajada cuando termino la historia y a partir de allí, cada vez que nos quedamos sin palabras, carcajea y exclama ¨¡Pushkin eh!¨. La hora avanza. Un inmenso reloj me lo recuerda. Dos agujas negras con las que podría pincharle los ojos al petiso, que luego de un rato me ofrece un lugar para dormir. Se solidariza. No resultó ser tan malo pero continúa cayéndome mal. En otra circunstancia hubiese rechazado su ofrecimiento, pero llueve y nada indica que Dago volverá pronto. De acuerdo, ¿dónde me acuesto? ¨Seguime¨ dice y agarra las llaves. Paso a otra habitación. El petiso sonríe, lo veo en su nuca. Llegamos a un cuarto siniestro. Estoy seguro que nunca penetró un rayo de luz en ese lugar. Entre las sombras hace un movimiento que no interpreto. Pelea contra algo macizo. Poco a poco mis ojos se acostumbran a la oscuridad y lo veo abriendo un ataúd, y acto seguido mete su mano y palmeando su interior me dice ¨Éste es cómodo¨. Lo miro inquisidor pero él no nota nada extraño, todo es absolutamente normal ¿qué esperaba encontrar en una casa de velatorios? Ya no me cae mal este muchacho de poca altura. Me arrepiento de todo lo que pensé sobre él. Supongo que es válido arrepentirse y lo anterior únicamente habla mal de mí. Le doy la mano y me siento perdonado. ¨Si necesitás algo estoy acᨠme dice. Me deja solo y a oscuras. Sólo un pequeño resplandor ingresa cada treinta y tres segundos por las rendijas que dan a la calle. Me siento un voto en el interior de la urna. Demoro en decidirme, pero es más agradable dormir en un ataúd que esperar bajo la lluvia. En realidad no estoy tan seguro. Por supuesto no logro dormirme. Por más que haga todos los esfuerzos no dejo de pensar que algún día me encerraran ahí dentro y quizá sea un cajón sin acolchado, pero, hay tantas cosas por aprender todavía que es inútil pensar sobre lo que nadie sabe nada. Ahora mi vida duerme en un ataúd. Se puede decir que es bastante cómodo si no se te ocurre sacar la cabeza afuera... y ver. Pienso que no por casualidad estoy aquí. Lo que necesito es despertarme, abandonar esta muerte, aún me quedan oportunidades y debo saber aprovecharlas. Necesito pensar, tengo demasiados asuntos en la memoria que dejé para más adelante. Ahora que los demás espermatozoides reconocieron mi victoria necesito arrebatarme con calma ¿soy más inteligente que ayer? ¿tengo todos los días una pregunta nueva ? ¿cuál fue la pregunta de hoy? No me interesan las respuestas. Me contento con las preguntas ¿Una jaula vacía expresa libertad? ¿Odiamos lo que queremos amar y no podemos? ¿Qué hay adentro del clítoris? ¿Cuando cortás a una lombriz en dos ambas llevan alma? ¿qué más puedo pensar? No sé, pero continúa. Cuando querés atravesar una pared los ladrillos caen encima tuyo antes de pasar al otro lado, una revelación no llega porque la busques noche y día, llega en el momento menos indicado, como una polución. Nadie habla de esperar, tarea desgarradora e inocua, simplemente despabilar las antenas, mantener en funcionamiento el radar y más que eso, estar atento a la primera señal, sea algo importante o insignificante ¿acaso te parece poco que desfilen sobre tu cordillera cerebral tantos personajes? ¿por qué aparecen sin aviso como si estuvieran susurrándome? Con el tiempo aprendí a no buscar los motivos, me limité a dárselos. Podía ser que me pellizcara la piel con algún cierre y ese dolor me sugería recordar en como me peleaba con mi hermana por los trozos de banana en las ensaladas de fruta. Podía ser que mientras ordenaba mi ropa veía el sorete que dejó un perro en medio de la rayuela esa misma tarde. ¿Cuál es la conexión? ¿existe conexión? Pueden perorar sobre este asunto en congresos, universidades y laboratorios, pueden comparar formas y explayarse elocuentemente con tesis, estadísticas, experimentos y diagnósticos, pero, cada tanto, aparece un hombre que nunca oyó hablar de todo esto y, sentado a la sombra de una nube descubre un nuevo y profundo lenguaje que va mas allá del gnosticismo, deontología, ontología, gnoseología, epistemología y neurofisiología psicoevolutiva. Estoy resucitando, desde luego. Esos personajes que desfilan entre mí, aparecen como amigos enterados de que ganaste la lotería. Se exponen en mi memoria reclamando más lugar, más luz, más atención. Quizá no tengan nada de maravillosos y sean peores que otros millones de personas, pero por alguna circunstancia aparecen, y no se me ocurre otra cosa que introspeccionarlos desde afuera y a modo de revisionismo histórico. ¿Quiero escribir una novela con personajes trágicos, reciclando seres para crear otros? ¿quiero escribir había una vez un colorín colorado? De ningún modo. No busco conflictos. Ni historias imaginadas. Soy demasiado vago, demasiado orgulloso y fumo demasiada marihuana para reincorporarme y pensar en otra cosa que no sean los hechos de mi vida. La mirada es mía pero el mundo es de todos. Me basta con la vida misma. Con los seres de carne y hueso. Con la epiléptica danza del amor y el dolor. La onda expansiva de los olores y los miedos. La proyección de una existencia sin sustancia ni vitaminas, en busca de un bienestar utópico que escapa de ellos a la velocidad de la luz y los deja penando en penumbras. Debo momificarlos para mi sacrificio, en suma. ¿Y cómo empezar? ¿y cómo seguir? ¿y hacia donde ir? En todas direcciones es la repuesta. Al menos la que yo escogí. Para llegar adonde muere el viento. Donde el polvo se hace roca. A las profundidades donde el mar es negro y transparente. Es una tarea harto difícil. Pocos hombres han llegado y estos mismos, no lo supieron ni lo comprendieron y buscaron más ¡siempre hay mas en algún lado! Nada es único. Ni siquiera Dios soportó ser único y se dividió en tres. Puedo continuar en este ataúd eternamente. Nada me lo impide, pero prefiero andar por el camino de las trampas. El mundo es demasiado grande para quedarse quieto. Las obras son las que expresan la realidad de la cabeza. Lo demás es relleno. Me quedo impávido ante algo incomprensible como el silencio. Pero por dentro grito, aúllo, desespero. Es un estado abstracto que persiste con divinidad. Rincones de puertas selladas. Verdaderos almacenes ocultos tras pasadizos secretos. Infinitos guardados en una mota de polvo suspendida en el aire. Pensamientos invisibles con su música propia como si se tratara de la señal de una radio. Instantes mágicos. Rostros que eternamente dirán lo mismo o mantendrán la misma posición. Siempre removerán piedras en los baldíos que provocó tu demoledora mente. No sé si me entiendo, pero eso sucede en el día de hoy, mires lo que mires. Así estés contemplando como rueda tu cabeza en un charco de sangre. Por eso los enamorados se preguntan todo el tiempo que están pensando. Por eso los animales te miran con desigualdad y los árboles saben que no lo necesitan. Porque la sombra es oscuridad huyendo de la luz. Porque el pasado está ocurriendo en el espacio. Porque sólo se trata de un deja vu que durará toda la vida. Mencioné los árboles porque los veo como la máxima expresión de vida. Una dieta sencilla. Una autosuficiencia envidiable que no ensucia. Sufrimiento sin sed de venganza, y lo más grandioso, una vida consagrada a la meditación ¿qué hombre conseguiría ser como un árbol aunque fuera por un día? ¿qué hombre busca profundidad tanto en la tierra como en el cielo? Cuanto más consiga en alguno más tendrá en el otro. ¿De cuál hombre podríamos utilizar la piel para que se escriban estas cosas y muchísimas otras más? me pregunto. Supongo que en millones de años nos habremos desarrollado tanto que, con los materiales necesarios, podremos crear planetas que floten alrededor de la luna o mismo en una habitación. Es el segundo planeta personal que cae en este mes, te leerán los diarios. El dominio será total como un jinete que controla su caballo pero aun así es incapaz de controlarle la digestión y los latidos. Es difícil ya, no continuar al galope cada vez más veloz. El caballo se dejó montar. Aprendió las ordenes y permitió que en sus pies le clavaran herraduras. Marchará al ritmo que le impongan. Sólo tendrá hambre... y sed.
Ginsberg escribió ¨Los hombres de negocios son serios. Los productores de cine son serios. La seriedad de todos excepto la mía¨. Todos estos años tuve que soportar que me llamaran irresponsable, inmaduro, estancado. Tuve que defender mi vocación con un abogado mudo. Tuve que confesar que era un inútil, un desastre, un desequilibrado que nunca conseguiría nada, que caería en un abismo en donde me acostumbraría a vivir. Tuve que llorar y esperar que mis lágrimas se evaporaran. Generaba lástima, asco, repugnancia. Mis motivos no eran válidos, mis argumentos desquiciados, todo lo que provenía de mí estaba contaminado. No era un buen ejemplo a pesar que siempre llevo dos puntitos en mi pecho. Todos dicen que se preocupan por mí porque yo no sé hacerlo. Eso me causa gracia. Querer trazar mi vida de acuerdo a la de ellos lo llaman preocupación. Quieren que me sume a su cansancio idiota y nada más. Todos mis caminos siempre fueron en subida. Soy un campesino con la bolsa al hombro, la espalda doblada y la boca seca. Siempre creí que mi suerte iba a cambiar pero ahora me doy cuenta que no, cada vez la pendiente es mayor. Aún así evito llenar mi vacío con distracciones, quiero darle a los demás sólo lo que me gusta, lo que puedo ofrecer con gozo, de lo contrario no tendría sentido. Lo que realmente importa y abarca todos los horizontes es lo que pueda dejar escrito, el único testimonio fiel de que alguna vez fui algo. Lo demás puede modificarse, moverse, a todo me puedo adaptar. Por eso necesito escribir y no quiero perder un solo segundo en otra cosa. Envío tripulaciones sedientas para descubrir nuevos mundos en mi cráneo. Tengo sed, mucha sed, litros de sed. Vivo como un animal antes de la aparición del hombre. Os voy a narrarles mi sacrificio. Sacrificio íntimo. Escribo libros, recorro la ciudad de una punta a la otra consiguiendo dinero para imprimirlo, y una vez armados salgo a venderlos. Me meto en bares llenos de jóvenes que se arremolinan unos en torno de otros, mirándose, como un juego aburrido donde no se permite violar las reglas, y alcohol, demasiado alcohol para tan poco espacio donde descargarlo. Griterío absurdo. Volumen de palabras cruzadas. Ra ra ra. Cada vez más fuerte. Cada vez más hipócrita. La cara falsa de la moneda sin respaldo. Sal efervescente. La cáscara de la nada. Un corazón latiendo sin sangre. Ni una gota. Hippies minuciosos que cuidan cada hilacha y saben donde está cada mancha de su ropa. Flacas que se quejan de que están gordas y gordas que quieren ser como las flacas. Esposas insatisfechas. Novios del recuerdo. Intelectuales de conservatorio incapaces de zapar con la vida. Geólogos del error. Estampillas de correos electrónicos. Ceniceros del sector no fumadores. Saltamontes de meseta. Ni fus ni fas. Etcéteras. Pastillas brillando en bocas apagadas. Filosofía de spa. Ra ra ra. Todos yendo tras la opinión de los demás. Lameculos que no se emborrachan en la fiesta de fin de año porque está el jefe. Borrachines de metegol. Muñequillas de cera. Memorizadores de espontaneidad aguardando ser sorprendidos. Palidez en invierno, exaltación en verano, camareras, servilletas, propinas, humo, maní, aros, anillos, collares, escotes, tetas, rostros hermosos, espantosos, anteojos, miradas, histeria, soberbia, frenesí, y yo ahí, estirando libros, repitiendo lo mismo, siempre lo mismo, les dejo un libro si quieren verlo sin compromiso enseguida regreso muchas gracias. Me desplazo entre un bazar de vidas idiotas, ensayadas y mal representadas. Documentos, edades, ocupaciones y demás fruslerías se consumen como una vela de cebo. Los escuálidos gérmenes te vigilan tratando de picotear las ideas que vas dejando caer de tus bolsillos. Algo choca como un murciélago sin antenas y te revuelve los sentimientos igual que un robo del cual no podés asegurar que se llevaron y sin embargo descubrieron el sitio exacto donde guardás lo que nunca supiste que era ni sabías dónde estaba. En ese momento podés sentir fácilmente la constante lucha de lo inerte tratando de desarrollarse o evolucionar de algún modo. Billones de átomos y células que claman como uñas carcomidas, frías, sintéticas y heridas como la pata de una silla donde se afila las uñas el gato. Les dejo un libro si quieren verlo sin compromiso enseguida regreso muchas gracias. Les dejo un libro si quieren verlo. Les dejo un... Los que se interesan generalmente son los que no tienen plata, y el resto hablando de memoria, ra ra ra, impermeables. Me desprecian el libro como si les ensuciara la vista. Tengo las manos vacías y no pido limosnas. No creo en el llanto aunque llore de verdad. Me fueron empujando de a poco a decir todo esto. Los que me ignoran o maltratan tienen algo que reacciona contra la vida. Una negación, un consuelo peyorativo, un compadecimiento esclavizado. Les molesto. Me miran con hastío. Me dan consejos. Forman su opinión de una hojeada. Discuten mis ideas, mi forma de vida y me lo devuelven llenos de errores de ortografía. Prelecturas de gente analfabeta. Este país está fundido. Se vende hasta la miseria y nadie la compra. Ya tienen. Este país está lleno de alfabetos ignorantes. No hay futuro para mi, comienzo a darme cuenta mal que me pese. Mi destino me pide limosnas. Soy un vago, lo sé. Pero te aseguro que durante todo el día estoy buscando una frase, desenvolviendo historias, raspando el fondo de mi cabeza para encontrar algo más que sangre. No es suficiente. Nunca es suficiente. No tiene peso alguno. No como el dinero que tiene peso específico. Observás un billete y vale lo que dice. Ni menos ni más. Comprendo perfectamente que no puedan comprar libros o no los necesiten. Conozco cientos de personas que en toda su vida no leyeron un solo libro y pueden vivir sin seguir necesitándolos... lamentablemente. Los libros no se escriben para ser vendidos, al menos los que a mí me gustan. Los libros se escriben para escribirlos y después para ser leídos. Yo tampoco nací para armar libros ni para venderlos. Nací a escribir y leer y tampoco puedo comprar muchos. Los pido prestados, me los regalan, los robo de las bibliotecas. Soy yo el que voy a ofrecerle a la gente en circunstancias que desconozco. Quizás estén tristes o pensativos o no tengan ganas de abrirlos en ese momento o lo hacen pero no sienten atracción, pero el desprecio es otra cosa. Las noches que regreso a casa sin una moneda, con más deudas que el día anterior, sin saber como pagarlas, y los gatos que gritan de hambre y me recuerdan que soy pobre, y en el baño los champús están dados vuelta porque casi no queda, y las cucarachas escondiéndose a toda velocidad, y la canilla goteando en negra 124 sobre los platos sucios, esas noches pienso en buscarme un empleo y postergar este asunto para más adelante. Nunca me convenzo del todo, no doy brazo a torcer. Si me empleara sólo estaría colaborando con este sistema decadente, estaría aportando a mantenerlo en su lugar. No soporto la explotación. No soporto la desigualdad. Dejar de hacer lo que me gusta para comer y tener un techo no me parece algo que pueda llamarse digno. Entonces, aterrado con la idea de no poder dedicarme a lo único que me gusta, me digo que mejor así, que estoy condenado placenteramente, que continuaré escribiendo porque es la única manera. Frente a una hoja me siento un gigante, un dios que no necesita otro alimento que su propia creación, un peregrino sangrando los pies, ¡nunca más acertado! ofreciendo libros como un soberbio siervo, de mesa en mesa, de grupo en grupo. Les dejo un libro si quieren verlo sin compromiso muchas gracias. A veces vendo un libro y pienso que es inútil, que estoy entregando un souvenir. Algunos me llenan las manos de pobreza no importa cuanto me den. Otros son regalos celestiales, gente atrevida, provocadora, que arenga felicidad y te da buen aliento, y si no pueden comprar los libros no dudo en regalárselos aunque generalmente no los aceptan pero insisto hasta que se lo quedan, y me siento feliz por cierto. Pueden conmigo. Sé lo que hago ¡yo escribo para ellos! A ellos miro cuando busco compañía. Me sacan del ataúd. Entran por las rajaduras de mi cráneo... y se quedan. Los que cantan desafinados sus propias canciones y se quedan afónicos cuando su equipo pierde y se cuelan en el casamiento y saludan a la novia. Los que miran hormigas y acarician gatos y se limpian los dedos en las cortinas y antes de empezar un libro leen el final. Los que inventan definiciones de una palabra que desconocen y no entienden su propia letra y hablan con extraños y dicen la verdad mintiendo. Los que aman sin conocer y no visitan al medico de su familia y te convidan el último cigarrillo. Estoy seguro que ellos valoran como ningún otro, que sienten respeto y curiosidad. Así sucede cuando abro un libro. Siento que tengo un pequeño tesoro, que estoy abriendo una pequeña eternidad. Si está bien escrito y no esconde los sentimientos o tiene una mirada auténtica y está firmado con tripas, no quiero que termine nunca. No me gusta que las cosas vayan resolviéndose para bien o para mal. Quiero neuronas reproduciéndose o haciendo el intento. Busco los sentidos visibles y ocultos. Lo estudio porque puede ser el único testimonio que quede sobre la tierra. Tiene que ser horripilante y bello. Contraerse y dilatarse. Suplicar y blasfemar. El libro siempre está empezando. Cada nuevo párrafo un comienzo diferente. Un caos revolviéndose. Una escupida de belleza. Acentos en palabras inalteradas. Energía en sarpullidos. Lagañas. Hambre voraz. Caballos arrojando patadas. Desolación. El escritor comienza a comprender a su víctima... abre los ojos para soñar del mismo modo que se abre un cuaderno para empezar a escribir. Quiero decirlo nuevamente. Le pica la cabeza desde hace un tiempo, tan profundamente como una revelación que no alcanzó a recibir el sol. Pone baldes debajo de las goteras y percibe su música. Sale a pasear cuando la noche ya no es de nadie. Superstición de los sentidos. Siente que pasa algo, en un segundo de reflexión puede darse cuenta. Una roca que viene arrastrando piedras como el jabón en polvo atacando las manchas. El rombo que gira sobre la misma idea. Agradece ese poder. No por su poder si no porque lo agradece. Vive su última vida como todas juntas, igual de felices y desesperantes. Vida que sólo descansa cuando hace pis contra un árbol. Entonces pide que la lleven gratis hacia alguna parte como si las riquezas desaparecieran dentro de la última limosna. Y avanza rápido o despacio pero lo importante es que nunca se detiene. Se hunde profundamente en un océano de olas que besan y refrescan los ojos como compresas de té. Cardúmenes de música hecha mujer arte vida. Un desierto pasado por agua. Quemazón de nieve carbónica. Ríos que riegan los campos y crean descendencia, que caen en cascadas para que los hombres beban y se atrevan a pensar y recorrer el universo y regenerarse y sentir que todas las cosas se mueven por el sólo hecho que la tierra está girando. Puede percibir su vida interna, le basta con entender que nada está quieto, con descubrir en los objetos miles de puntitos titilando como una televisión sin señal o como una pierna que se quedó dormida. Porque fuimos hecho de todo lo que hay y volveremos a serlo. Si hasta los ángeles son espermatozoides evaporados y vos sos la oscuridad de cuando cerrás los ojos.

(...)

Una noche me cierra el paso un Falcon con dos policías de civil que se bajan para pedirme documentos y para saber que llevo en el bolso. Abrí mi mochila y les di mi documento. Con el me identificaban e igualmente identifican a todos los cristianos, judíos, musulmanes y ateos con el suyo. Llevarlo en la billetera significa presentarte ante las autoridades. No les basta que digas tu nombre, tus gustos, tus virtudes, tus vicios. No basta con que digas que naciste tal día y en tal lugar. Debes tenerlo a mano y en buen estado. Tu foto debe parecérsete. Si la mañana que te fotografiaron estabas mal dormido o despeinado o sin afeitar es asunto tuyo. Debes renovarlo o convencer a quien sea que sos vos y que has cambiado. Quizás tengas que dar explicaciones de porqué te ves distinto. Si por una suerte de azar la vida te hizo hombre y preferiste ser mujer o viceversa, tu propio documento te denuncia. Cuando vas a algún sitio peligroso o lleno de gente, tus padres, tu mujer o tus amigos te aconsejan que lleves documentos antes de pedirte que te cuides. Nunca entendí por qué. Por si te pasa algo, pueden responderme, pero si es por eso, digamos, si en un recital me cortan el cuello, si en un partido de fútbol una bala me hace un gol en el cerebro o si en medio de un monte una serpiente me pica un ojo ¿para qué sirve mi documento mas que para que identifiquen mi muerte? Y si muero, quizás sea mejor que mis queridos no lo sepan, que crean que conocí una hermosa turista francesa que recorría el país y estaba presurosa por llevarme con ella a pesar de que no tenía documentos. Preferiría ser un indocumentado durante toda mi muerte. Sobre todo porque los documentos de los muertos generalmente son lápidas y no me parece cargar algo tan pesado por el resto de la eternidad. Es cierto que sin documentos estás excluído de un montón de actividades como ingresar a una biblioteca o alquilar un triciclo. Pero el problema está en ellos. No entiendo porque para leer un libro hay que identificarse. Según tengo entendido te cobran una buena cifra para tener tus papeles en regla, para que te presentes a votar aunque impugnes o lo hagas en blanco. El hecho de que vayas a votar es más importante de lo que elijas. Aquí, votar es como bañarse y ponerse la misma ropa. Si sos una persona distraída que pierde sus cosas seguidamente, el Registro Nacional de las Personas te castiga aumentándote el precio cada renovación pero nunca se les ocurrió hacer un descuento a las mejores firmas o a los números capicúas. Y además, cualquier empleado del Registro puede contarte que hay miles de documentos con los mismos números, mellizos, por los que no puedes preguntar ni saber que ocurre con ellos. Si conseguís tener una entrevista con la asistente social para conseguir tu documento gratis, tenés que estar preparado a que te hagan millones de preguntas, desde la cantidad glóbulos blancos hasta la fecha estimativa de fallecimiento. Este es un país que funciona sobre bolitas, los hijos de los inmigrantes se sienten importantes cuando ven que a los ¨ilegales¨ los paran en la calle y entonces tantean sus documentos y respiran orgullosos de ser argentinos y justifican a la policía y sus procedimientos. Nunca pensaron que esos ilegales son los auténticos descendientes de esta tierra, que son trabajadores que se alejaron de su patria y se rompen el alma para mandarle doscientos pesos a su familia todo los meses. Sólo creen que hay que echarlos porque son extranjeros, pero no dicen nada contra los extranjeros que les cobran la luz, el teléfono, el gas, los trenes, los documentos y miles de otros servicios. Esos no, son civilizados, saben llevar las cuentas de tal modo que te cobran hasta el polvo de los centavos y no tienen ningún tipo de consideración cuando te atrasás en tus pagos. Un policía mira mi documento y el otro revisa el bolso lleno de libros. Enseguida, el primero llama la atención del segundo exclamando ¨¡Éste documento está todo escrito!¨. Sí, llevaba mi documento todo escrito por la sencilla razón que una noche viajaba en un micro y me desperté con ganas de escribir. No tenía ningún papel conmigo y no me parecía despertar a los otros pasajeros para pedirles semejante cosa. Pude haberme escrito la piel como lo hice en mas de una oportunidad pero la tinta no se adhería. Intenté volver a dormirme pero mi cabeza quería escribir. Mis manus pedían critos. Fue entonces cuando recordé que tenía mi DNI en el bolsillo. Lo saqué tratando de no despertar a mi ocasional acompañante que soñaba con ronquidos y leones. Prendí la lucecita de mi asiento correspondiente y hojeé mi documento. Había tantas hojas en blanco, tantas hojas inútiles, que si yo era escritor podía utilizarlas en mi provecho. Y comencé. Al principio con trazo fino, tímidamente, después escribí desde los cambios de domicilio hasta los antecedentes militares. El otro policía quiere verlo, por supuesto. ¡Había que ver como lo miraba! Luego de un rato me pregunta porque hice eso. Bueno, le dije, me urgía anotar unas ideas y no tenía papel y estaba apurado, después de todo era mi documento y yo era escritor y podía adaptarlo a mis necesidades mientras no alterara nombres y fechas. Podía hacerme otro en cualquier momento, no me parecía estar rompiendo ninguna regla, sobre todo porque eran hojas vacías, sin información útil. No les contentó mi respuesta a pesar que era cierto. Insistían que tantas hojas era mucho aunque estuvieran vacías. Era inconcebible para ellos que hubiera hecho algo así. Miraban mi documento lleno de manuscritos como algo descabellado, una traición a la patria, rechinaban los dientes, murmuraban, gruñían, y lo más importante, el colmo, ¡leían! y ver a un policía leyendo es como encontrar un paralítico haciendo la vertical. Uno le pasaba mi documento al otro y el otro a un tercero. Me preguntaban por ciertas palabras de las que no entendían la letra. Me preguntaron por otras que no entendían su significado. Terminaban de leer y volvían a empezar como si ese acto les trajera recuerdos de su infancia. Cambie de táctica. Simulé arrepentirme. No había sido consciente en aquel momento. El documento era algo importante para tratarlo así, etcétera. Mientras tanto, uno de ellos tomo un libro, lo abrió y comenzó a leer párrafos al azar. Esta situación me puso nervioso. El libro está lleno de referencias. Dice marihuana por todas partes. Es inmoral. Yo temía que sus ojos dieran con alguna frase comprometedora y me entretuvieran más de lo necesario. Cada vez que daba vuelta la hoja, yo leía de soslayo para saber con qué podía encontrarse y cuando me aseguraba la salvación contestaba las preguntas comunes que me hacía el otro. Cuando parecía que ya me dejaban, el policía abrió el libro en una página donde alcancé a leer claramente porro. El corazón me golpeaba con fuerza. Debía hacer algo inmediatamente. Sin que se me ocurriera algo más inteligente, le arrebaté el libro diciéndole que leyera esta parte muy divertida. No sabían que hacer conmigo. Se preguntaban por mi futuro inmediato. Si debían llevarme por falsificador por arrebatador o por alguna cuestión parecida. Me trataron de loco y maleducado. Me revisaron hasta debajo de las uñas pero logré que no quisieran seguir leyendo y ahí acabó la cosa. Semanas más tarde olvidé mi documento en el bolsillo de un pantalón que metí en el lavarropas. No quedó nada de él, apenas mi foto desdibujada a tal punto que parecía un fantasma. Sin embargo, cuando ocurrió eso, no lamenté tanto el hecho de haberlo perdido como las anotaciones que tenía en sus hojas. Recuerdo que de adolescente vivía en las comisarías por el simple hecho que me molestaba que me estuvieran parando a cada momento por llevar pelo largo y la ropa indecente y entonces les contestaba de mala manera. Una de las cosas con las que siempre disfrutaba, era inventándoles historias a los policías. Historias disparatadas. Creíbles en lo posible. Condimentada con detalles de todo tipo. Eran tan exactas que generalmente no me las creían porque mi presencia no estaba a la altura de lo descrito. Recuerdo una en particular. Yo volvía a mi casa de San Telmo. Mi paso era contradictorio. Indeciso. Distraído desde las uñas. Cualquiera que me conoce sabe que después de fumar mi cara se deforma como caucho. Llevaba el pelo enmarañado hasta los hombros. Los policías creían servir a la ley con sólo verme pasar. Por aquella época, el ocasional me paró a la altura de Tacuarí, cerca de Los dos Chinos, allí donde los conventillos se asoman desde los balcones y las plantas ordinarias crecen desde los edificios derruidos y abandonados. Detalle que provoca admiración en los europeos y sobre todo en los rusos que durante la segunda guerra juntaban la tierra de los rincones para hacer crecer una insignificante semilla. Siempre me pregunté como hacían esas plantas para sobrevivir, chupando únicamente los ladrillos de barro cocido sin nadie que las riegue ni les cante canciones dulces y aún así se muestran fuertes, vigorosas, y hasta se animan a echar algunas flores. El hecho es que mientras yo miraba hacia arriba un agente me cortó el paso y lo atropellé, ¿Qué estaba haciendo por ahí? Nada del otro mundo. Vivía en Chapadmalal y hacía trescientos segundos había arribado en Constitución para visitar a mi madre ¿A qué me dedicaba? Surfista, y por consiguiente era cristiano, porque Jesús había sido el primer surfista, ¿lo sabía? Seguí diciéndole cosas por el estilo, como que la arena vive o que el Niño traía unas olas formidables como cubrecamas en un colchón de agua. Remontar una de esas olas era lo mejor que me podía haber pasado. Mi tabla era espejada, una auténtica prolongación del cielo bajo mis pies, etcétera. Me olió el aliento pero abrí mi boca y soplé con la nariz de modo que no halló ningún olor ilegal. Suena absurdo que haya olores ilegales pero es así. A propósito, en los exámenes de alcoholemia, si levantás la lengua hasta el paladar antes de soplar la manguerita, siempre va a darte por debajo del mínimo. Así que, ¡a beber y a manejar sin miedo! Ya saben. Pero el poli no se tragó el rollo. Seguramente estaba suscrito a una escuela de detectives por correo, porque enseguida notó que no estaba bronceado y que mis piernas no eran musculosas. Cualquiera puede saber que mis extremidades son un chiste a pesar de que llevo los pantalones holgados. Piernas canarias, me dijeron una vez. Me llamó mentiroso y me llevó detenido, ¿los cargos? sencillamente eso: mentiroso. Entonces le dije que en realidad era estudiante de Derecho y que en ningún artículo de ningún código decía que estaba penado mentir. Pero no dejó de ser una nueva mentira, lo que duplicó mi delito. Mientras íbamos hacia la comisaría, pensé que iba a ser fácil deshacerme de él, con una buena retórica. Pero el tipejo no quería oír más, definitivamente, estaba decidido. Una vez adentro pedí hablar con el comisario pero nadie se molestó en avisarle. No estaba a la vista. Seguramente se hacía tirar la goma por alguna prostituta. Sin cordones me metieron en un calabozo junto a algunos inquilinos. Tipos que se sentían como en su casa, que me pedían cigarrillos, que me preguntaban si llovía, si era de noche, si todavía era verano. Eran tres. Uno tenía los ojos masturbados, los dientes como un mazo de cartas mal mezcladas y cada media hora sacaba una bolsa llena de pastillas y se tragaba algunas y convidaba otras, ¨tienen gusto a chocolate¨ repetía mientras me contaba que no sabía de que pastillas se trataban. Las había encontrado en la basura de una farmacia. Todas estaban vencidas. En cuanto lo soltaran volvería por más. No recordaba bien la calle pero no le costaría encontrarla. El olfato no falla. Contaba todo esto como un gran descubrimiento. El sueño del proveedor gratuito. El segundo era un tipo hostil. Cuarentón. Arrugado como un testículo. Cicatrices indescriptibles en su cara. Se mantenía en el fondo de la celda sin decir una palabra pero su respiración era muy fuerte. Parecía tener cinco pulmones, intoxicados además. Según supe más tarde, sus familiares pagaban todas las semanas para que no lo trasladaran a la cárcel. El último era un charlatán de pelo largo. Marica o algo por el estilo. Era esa clase de persona que anda en un lío tras otro solo por naturaleza, que se apoya en tu hombro sin conocerte. Inspiraba desconfianza y al parecer, se mostró contento con mi llegada. Estaba a sus anchas como en un apart hotel. Comenzó a preguntarme cosas en el tono de un asistente social infiltrado en los bajos fondos de la delincuencia. Iba vestido como un prócer de la cumbia, un japoboliviano con amuletos colgando de su cuello. A los veinte minutos le tuve que pedir que se callara, que no me interesaba su cháchara y el cuarentón intercedió por mí con voz ronca, sumamente violenta, apoyando mi pedido que seguramente él ya había hecho. A la hora me cambiaron de celda. Alguien tuvo la delicadeza de darse cuenta que yo era menor de edad y que no podía estar con los mayores. Así pues, me trasladaron de un orinal a otro. Pasé por una docena de puertas llenas de brazos desde donde se insultaba y se pedía ir al baño y me encerraron en otro sitio un poco más luminoso, mas cerca de las oficinas. Un rato después llegó mi má a buscarme. Pude escuchar sus gritos desde mi asiento. Estaba sacada. La habían despertado y no dejaba de vociferar. Insultaba desde los cabos hasta Ramón Falcón. Un auténtico escándalo. Simón Radowitsky o Pepita la pistolera no lo habrían hecho mejor. Cada vez gritaba más fuerte. Unas cuerdas vocales de contrabajo. Cuando se abrió la puerta de mi calabozo, me preparé para salir. Pero no. Allí estaba mi madre y mi perro, y nos encerraron a los tres, en familia, una nueva forma de convivencia, digno de una propaganda de la Liga de Amas de casa. Mi má se la agarró conmigo luego de descubrir que era vano seguir gritando, lo que le llevó sus buenos cuarenta minutos, entonces alternaba insultos hacia los policías y hacia mí mientras yo le mataba pulgas al perro... en algo tenía que distraerme. Después, se encargó de darme un buen sermón, largo y repetitivo dadas las circunstancias y yo no podía hacerla callar como al japoboliviano, sus palabras me daban acidez en los huevos. En fin, el sermón de la celda concluyó con el cambio de guardia y siguió durante semanas en casa, por supuesto.
Cuando guardé mi documento escrito y mis libros en el bolso continué mi camino pensando todo esto y me metí en un bar de Palermo. Palermian como llama Rep al lugar donde se asentó la comunidad armenia. Era domingo y había niebla, lo que daba la sensación de dos domingos en el mismo día. No había mucho por hacer ahí. Simulé mirar la televisión mientras me dormía en las imágenes. No había nada que pudiera hacer que no estuviera haciendo. La chica que tiraba las cartas estaba ahí. Depositada en su banco. Apoyando sus tetas para dos corpiños sobre el mostrador. Consternada cuando le pedí que adivinara un tiempo que no fuera pasado presente ni futuro. Ninguno de los tres me importaban. Yo quería saber otra cosa. Quería que me dijera algo que no fuera audible. En otro idioma si era posible, en rumano o en inuktitut. Quería descubrir los tonos y las inflexiones de lo que no entendía. Pero el tarot es un juego de mesa donde el que apuesta siempre debe ganar y ella repetía que mi vida estaba desequilibrada pero pronto encontraría todo lo que buscaba, que viajaría y que dejara de reírme porque no estaba inventando sino leyendo lo que decían las cartas. Muchas veces le había oído decir lo mismo a otras personas, así que no le presté demasiada atención y me dispuse a repartir los libros.
Al momento de recogerlos me topé con un tipo muy particular. Era de buena posición, como si usara sus billetes de señaladores. Inspiraba dinero. Bien plantado en ese papel. Un habano que mantenía prolijamente entre sus dedos. La observación a distancia, respetuosa. Se interesó inmediatamente por mi libro. Lo acogió con respeto. Mi ¨iniciativa¨ como él lo llamaba mientras echaba vistazos a una hoja y otra sin dejar de mirar a su compañera, una mujer con la nariz perfeccionada, la piel anaranjada, tetas con siliconas, el cabello teñido y los ojos también. Supongo que los días de calor se derrite. ¡Pobre! Me dan pena esos seres que tratan de mejorarse, siendo tan jóvenes, porque esta mujer no tenía mas de treinta, y eso agregándole IVA, propina y dos del envido. Se hacían discretas preguntas, en código, como si formaran parte de un Masón, refiriéndose a mí como el indicado o el elegido. Yo no dejaba de soltarle una andanada de frases comerciales que me salían automáticas, con las pausas necesarias y las palabras adecuadas. Sucede que me molesta profundamente que hablen de mí cuando estoy presente y entonces trato de desviar la conversación. Me preguntó que opinaba la gente de ese mismo libro y le respondí que poco importaba, que ya estaba terminado y no había nada que hacer, tendría que corregir mi vida para mejorar los futuros libros pero, en mi opinión, si querés saber que piensan de tu libro esperá a escribir el siguiente. Y tampoco era como algunos escritores que creían que a partir de su libro el mundo comenzaría a mejorar. Siempre creí lo contrario. A partir de mi libro el mundo comenzaría a ser peor. Endiabladamente peor. Esto último pareció gustarle, entonces me preguntó que pensaba de las ediciones personales y le respondí que me daba lo mismo, que por el momento confiaba más en mi que en cualquier editorial, porque éstas sólo huelen el dinero de las letras y yo escribo en servilletas y boletos de colectivo. Me valía por mí mismo. Como siempre sucedió y como siempre volverá a suceder. Incluso ganaba más plata saliendo a vender que esperando en una librería. Yo no editaba mis libros independientemente para conseguir más aprecio. Eso no garantizaba nada y generalmente te juega en contra. Es decir, en la antigüedad los pintores debían obtener sus colores directamente de las plantas pero eso no incidía en sus obras. No se puede juzgar una obra por el sacrificio que costó. El esfuerzo no da talento, comúnmente van de la mano pero yo no juzgo a las personas por su pareja. Tampoco entendía esa gente que edita libros con prólogo, índice y lleno de hojas en blanco y en definitiva sólo hay diez poemas. Siempre que veo uno de esos libros me pregunto si no se dan cuenta que si comprimiesen la tinta ocuparía un centésimo de la primer página ¿para qué dejar tanto espacio? A mí me gusta la verdad sin prólogos. La comodidad editada es estúpida como maquillar un bagre. Y tampoco entendía esa gente que se propone escribir un libro y cuando lo termina se siente satisfecha. Yo me pongo a llorar cuando termino. Me quedo vacío como una naranja exprimida. Descargado como la batería de un auto que olvidaron toda la noche con las luces encendidas. Tal vez me quede un poco de inercia pero mi última neurona derramó toda su tinta. Si no necesitara comer, nunca hubiese editado un solo haiku. Hacía poco había leído bajo el copyright de un libro una especie de amenaza que me cayó tan antipática que la copié textualmente. La tenía allí, en el bolsillo, y dice: Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por la ley que establece penas de prisión o multas, además de la correspondiente indemnización por daños y perjuicios para quienes reprodujeren, plagiaren, distribuyeren, o comunicaren públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, o su transformación, interpretación, o ejecución artística, fijada en cualquier tipo de soporte, o comunicada a través de cualquier medio, sin la preceptiva autorización. ¡Demasiada paranoia! Un libro no puede ser propiedad privada. A mí me gustaría que fuera al revés. Que me plagien, me distribuyan e interpreten. Queda en la conciencia de cada uno, allí está la verdadera ley. De todos modos, ninguna crítica se aproxima al placer que significa leer una obra, ese era mi parecer. Podía seguir. Tenía muchas ganas de que opinara lo contrario para medir quién tenía la lengua más larga pero no, se mantuvo callado. Parecía escuchar mi voz pero no mis palabras. Quizá le disgustó mi opinión al respecto así que me callé porque prefería que me leyera antes que me escuchara. Observé que sólo el silencio y la lectura podían hacerme recibir dinero, un buen dinero además, veinte pesos quizás, el interés. La pareja continuó con su mirada cómplice, con su admiración sobreactuada. Tal vez me propusieran ir a la cama con ellos. Ya no sabía a que carajo estaban jugando. No hay tanto que pensar cuando te ofrecen un libro a precio voluntario y te lo dejan un rato para que lo hojees, o lo devolvés o lo comprás, también podes robártelo, pero no más que eso. Finalmente me llamaron. Ni la camarera hubiera llegado tan rápido como yo. El tipo comenzó a explayarse ¨Mirá Guillermo¨ dijo en un tono que derribó todas mis expectativas. Ya no había dinero. Seguiría comiendo polenta. Oda a la polenta no es un mal título para un libro. ¨...ahora no podemos llevarlo...¨ Exacto. Lo sabía. Podía adivinar el futuro como la tetona. Tirar libros para conocer el futuro. ¨...no tenemos dinero...¨ No tenían dinero pero el champagne lucía ostentosamente sobre la mesa. ¨...pero me interesa tu iniciativa...¨ ¡Otra vez la palabra mágica! Supongo que la había aprendido esa misma noche. ¨...hablás con el corazón, sos transparente...¨ Transparente como un agua viva. ¨...tengo una propuesta para hacerte, ¿te interesa?¨. Fui todo oídos. A pesar de mi disposición el asunto no lo desembuchó allí, pero se las ingenió para causarme intriga. Me hablaba de un negocio editorial difícil de explicar. Algo novedoso que nos daría buenas ganancias a los dos. Había que ser discreto y un bar no era justamente eso. Podíamos hablarlo en su oficina, si me parecía. Me extendió su tarjeta y me aseguró que estaría esperándome. Y antes que marchara me pidió hacer un brindis por mí, ¡y brindaron entre ellos sin convidarme una copa! Acudí esa misma semana a su oficina algo desconfiado de sus intenciones. Para ser sincero creía que era un homosexual tratando de conseguir una porongueada, por eso tanto misterio, tanta discreción. No fue así. En su oficina había dos mujeres, la teñida inclusive, y el tipo se mostró cortés desde el primer momento. No se entretuvo con ambages. Fue al grano. Su negocio era este: Cada dos meses empapelaba la ciudad promocionando concursos sobre poesía y cuento con el prometedor premio de una edición y su respectiva difusión. Los interesados acudían esperanzados a entregar sus copias pero, había que pagar una inscripción, pequeña, quince pesos solamente, para gastos de personal y esas cosas, una ganga por el servicio que ofrecían. Bien, todos desembolsaban la suma sin chistar. Convencidos de su talento. Llenos de optimismo. Ansiosos por ver su nombre impreso sobre cartón coloreado. En definitiva ¡una estafa! porque no había quien leyera los trabajos. Ni jurado. Ni ganadores. Pero ahí no acababa todo. El resto del negocio era una cena donde todos los participantes eran invitados como posibles ganadores, con familiares y amigos. Una auténtica velada literaria elegante sport. El cubierto se pagaba, por supuesto. Los nominados pasaban gratis pero casi ninguno iba solo y tampoco conversaban entre sí para darse cuenta del asunto. No. Se mantenían nerviosos. Competentes. Disfrutando sus últimos minutos inéditos. Los demás sólo eran sus enemigos. Un obstáculo en su arte. Se servía la comida. Se leían los poemas. Él mismo los leía con matices profesionales, poniéndoles a las poesías más sentimiento del que merecían. Y luego, un emotivo discurso sobre lo interesante que habían sido los trabajos recibidos. La indecisión del jurado en inclinarse por uno u otro. La calidad de los escritores. Se ensalzaban los nombres de algunos con citas de sus escritos, algo que enorgullece a cualquiera ciertamente. Se entregaban las plaquetas de honor compradas por dos pesos a la vuelta, y después, el ganador, la promesa de las letras argentinas, alguien que por supuesto estaba arreglado y jamás reclamaría nada. Algunos decepcionados, algunos llantos, protestas fuera de lugar por la transparencia del concurso, cosa corriente. Mientras, el ganador se mostraba efusivo y agradecía a sus familiares, a Dios y por supuesto al propio certamen mas que a ninguna otra cosa. Hay más todavía. Allí aparecían los falsos editores. Los descubridores de talentos. Porque algunos eran merecedores de tener su obra impresa. Grandes valores para no despreciar que lamentablemente no habían sido galardonados... esas cosas de los concursos. Se acercaban a sus víctimas a escondidas, en el baño o por detrás de una cortina. Les decían que jugaban su trabajo por hacer lo que hacían. Nadie más que ellos debía saberlo. Se presentaban como el jurado que había quedado impresionado con sus cuentos. Era una pena que quedaran fuera del alcance de los lectores, la humanidad perdía. Si la víctima estaba apenada ellos los consolaban también, sabían hacerlo. No había que desalentar, al contrario, había que seguir luchando, con ahínco, ese era el verdadero trabajo de un artista. Balzac escribió muchos libros antes de estampar su firma. Einstein aplazó en matemáticas. Anécdotas que servían de ejemplo. Mordían el anzuelo nuevamente. Volvían en la semana a su oficina, como polillas a la luz. Les ofrecían café. Les prometían apoyo. Fabulaban sobre su éxito y con la calculadora en la mano les entregaban media beca para editar ¨porque creemos en usted¨. Los infelices pagaban sin pensarlo demasiado, sugestionados por el tipo este que hablaba con elocuencia e hilaridad y parecía pellizcarte la medula para hacerte sentir mejor o peor según necesitara. Podía mostrarte fracasado debajo del puente y de inmediato, sin que tus oídos pudieran percibirlo del todo, desembocaba en las oportunidades que prometía y te veías en la gloria, paseando en un Cadillac. Parecían no ser de él. Era su astucia. Cada palabra que decía lo alejaba de algún interés personal. Era todo servidumbre y la brisa de la gloria te despeinaba las mejillas.
Una vez obtenido todo el dinero posible, desmontaban la oficina y si te he visto no me acuerdo. Abrir otra oficina en Rosario Córdoba o Mendoza. Cambiar de empleados u obligarles a que se tiñeran o cortaran el pelo, personificarlos de otro modo en suma. Y otra vez a la calle. No había nada porque temer. ¿Y para qué me querían en este asunto? Oh, nada comprometedor, en absoluto. Necesitaban un nuevo ganador. No podían repetirse. Sería un descuido. Necesitaban alguien bohemio. Perfil de escritor. Yo cumplía los requisitos ¡los sobrepasaba! Se dio cuenta apenas me vio. Cualquier cosa con tal de hacerme su cómplice. Era un trabajo de pocas horas, bien pago, y además podía presentarme a un editor de verdad, lo garantizaba, ¿porqué habría de despreciarlo? El editor era otro truco. El dinero me tentaba. No mucho pero suficiente. Una jubilación sin pena ni gloria. Me negué. No por honestidad ni porque pensara en los estafados. Sencillamente no me gustan los asuntos oscuros. Se trataba de libros y no iba a ofrecer mi imagen y mi nombre a semejante circo. Donde se come no se caga, y yo no tuve antepasados romanos.
No esperaba dicha respuesta. Se mostró consternado. Sus argumentos habían fallado, quizá por vez primera, ¡despreciaba el dinero fácil! ¡en Argentina! ¡en el planeta tierra! No era una decisión digna. Todo lo contrario. Yo no había comprendido el verdadero significado de la vida. Eso trataba de hacerme creer mientras continuaba trazando mi futuro sin él. ...¡Honestidad! ¡qué estupidez! ¿era escritor acaso? ¿quería llegar a algo? No sé llega a ningún lado con escrúpulos... Frase célebre, al parecer. Lo cierto es que sabía subestimarte con la misma capacidad que te alentaba ...¿quería pensarlo nuevamente? ¿valía la pena darme una segunda oportunidad? ¡blandos, la faz de la tierra se los trague! Me equivoqué. Los cobardes no tienen condiciones. ¡Qué lástima!... Era un verdadero sugestionador. Especialista. Irónico. Manipulador del amor ajeno. Pescador de carnada. Para entonces, no me gustaba la humillación que me prodigaba. No estaba cómodo en su sillón confortable, y quería irme pero no sabía como hacerlo. Sobre todo por los dos sindicalistas que no sé en que momento entraron y se acercaron amenazantes cuando amagué levantarme. Hubo un silencio estrecho, pero fue como tirarse al vacío. Habían hablado de más, es claro, deliberadamente o tal vez alentados porque nunca di muestras de disconformidad y lancé tres o cuatro carcajadas mientras explicaban la trampa. Me divirtieron con lástima debo confesar. Pero ahora me preguntaban ¿qué hacemos? como si mi vida dependiera en colaborar para ellos. Yo actuaba de asustado, de niño que se guardó el dinero de la cooperadora. Prometí no decir nada. No era un soplón. Por mí podían llenarse los bolsillos que no era mi asunto. Debía irme. Me esperaban. Alguien me esperaba. No sabían que hacer. No se decidían. Se lamentaban haber tratado conmigo. Puse la cara rígida para esperar el primer golpe pero se limitaron con aplaudirme la cabeza. Unos cuantos golpes me despeinaron. Mi cuero cabelludo suena como un cajón peruano, lo comprobé. Comenzaron su última amenaza. Debía callarme la boca o me encontrarían. Nunca hablaron de buscarme, ¿habéis notado? y si decía algo prometían hacerme pus. Yo estaba transpirando ¨mirá que pollito mojado resultó ser¨. Siempre que llovió paró, siempre que paró llovió. Viví unos minutos con esa sensación hasta que me dejaron ir, con una literal patada en el culo, y guay que abriera la boca. Cuando llegué a la esquina tuve ganas de volver a pelearlos. A que me pelearan para ser sinceros. Pero la bronca se transformó cuando enseguida aparecieron los sindicalistas detrás de mí, al paso. Ya no quería cruzarlos. Di media vuelta y cuanto más corría mas me olvidaba de sus negocios. Entré a casa y esto lo escribí respirando por la nariz... aún tengo palabra.
A Pola le sucedió algo semejante dos veranos atrás. Cayó en la trampa. Leyó un anuncio en el diario sobre la confección de cajas para bombones. Pagaban un peso por cada una. Se enloqueció. Según sus cálculos podía producir una centena de cajas en un par de horas. Fue hasta el sitio y le vendieron los materiales para que realizara sus primeras cajas. Eran de prueba para ver si te incluían entre sus proveedores. Volvió con los planos y una plancha de cartón y otra de terciopelo. Midió, trazó y se puso a doblar. A los veinte minutos obtuvo el resultado. Era imposible. Su caja parecía un camión chocado. No había forma de que quedaran bien y eso que había comenzado por la más sencilla. Aún así no se dio por vencido. Volvió a intentarlo. No podía ser que se le escapara semejante fortuna. Al terminar su segunda caja se rindió, pero aun así no aceptó que fuera una estafa. Sostenía que él no era hábil con sus manos. Yo fui en busca de una cerveza para brindar por el éxito. Cuando vuelvo Dago y él están discutiendo. No me meto. Ni siquiera me importa saber porqué discuten. Siempre lo hacen. Parecen cachorros peleando por la teta. Dago dice ¨no quiero que lo digas, quiero que lo pienses¨. Pola responde ¨lo pienso y te lo digo mañana ¿querés?¨ . ¨Te hablo de cosas estructurales. No es lo mismo que digas con y que digas por ¡no es lo mismo!¨ . ¨Vos me das vuelta las cosas¨ . ¨¡Vos me das vuelta las cosas! ¡Y mentís! ¡sobreactuás la realidad! Cada vez que mentís baja un punto mi estima por vos ¡vos valés mas sin mentir que mintiendo!¨ . ¨Me hablás de cosas que no importan¨ . ¨¡Te tienen que importar!¨ . ¨No discutamos más. Vos ves las cosas blancas y querés que todos sean blancos ¡vamos que somos más!¨ . ¨Yo veo las cosas blancas y vos las ensuciás ¿cómo le vas a decir eso es una mierda cuando eso lo hice yo?¨ . ¨Me parecía una mierda. No sabía que era tuyo¨ . ¨Pensá antes de abrir la boca. Si yo soy el productor ¿Quién te parece que va a diagramar las invitaciones?¨ . ¨Está bien. A mi no me gusta discutir y vos te vas a morir en una discusión¨.
Dago defiende el espacio verde de un moco con toda su furia. Leo muchas veces dice cosas para provocar su ira. La última fue ¨para combatir la globalización habría que crear pueblos privados¨. Deberías haber visto como se puso. También se disculpa con la misma responsabilidad con que discute. Así hizo con lo sucedido con Nat. Un caso especial. Nat era una chica que me visitaba cada tanto. Mi novia de cintura para abajo por entonces. Durante un tiempo prepararon con Nirihuau una obra de teatro que nunca llevaron a término. Una noche Dago fue a su casa para avisarle que no había ensayo y terminó acostándose con ella. Yo había previsto esto. Daba por hecho que de un momento a otro iba a suceder porque siempre que estábamos juntos hablaban y se reían de las mismas cosas con las carcajadas idénticas de los que se gustan. Sinceramente no me importaba demasiado. Nat me caía bien y nunca se enojaba de mi trato indiferente, pero a la hora del sexo estaba en mi cama y eso era lo único que me importaba. La noticia no me sorprendió ni me hirió. Dago me pedía disculpas avergonzado. Yo no tenía nada por qué disculparlo. Incluso me divertía el asunto. No tenía nada en su contra. Sólo comentaba algunos atributos de ella. Sus formas y esas cosas. ¨No sentís algo extraño¨ le dijo Nat en un momento pero Dago no respondió. Quizás pensó la respuesta pero sus sentimientos quedaron atrapados y muertos dentro de un preservativo y ese es el mejor lugar donde dejarlos. Esa observación me interesó en sobremanera. Le pedí que siguiera. Dago volvió a arrepentirse pero le reiteré que olvidara sus disculpas y me contara lo que ella había dicho. No mucho, pero en momento le pregunto si no sentía que me estaba traicionando como amigo, si había hecho eso en alguna otra ocasión, y cosas por el estilo. En suma, lo suficiente para tratar de humillarlo de alguna manera, sin hacerse responsable. El hecho de hostigar a Dago con frases de esa clase era para desembarazarse de cualquier daño que pudiera ocasionarme en caso de que alguna vez se le hubiera cruzado por la cabeza que yo podía sentir celos o alguna señal de afecto por ella. No sentía algo así. Ni parecido. Me daba exactamente igual. Desde luego, nunca se planteó su responsabilidad. Nunca se pregunto si ella había actuado bien o mal. Simplemente lo hizo, y me parece muy bien. Pero cometió un error. Habló sobre mí. A consecuencia de esto pensé en humillarla por mi parte. Se lo merecía. ¿Cómo era posible que siendo el nexo increpara a Dago como si ella no tuviera parte en el asunto? A los pocos días volví a verla. La invité a casa asegurándome que Dago no estuviera para que no se sintiera incomoda ni presionada. Mi intención era monologar sobre lo que había hecho sin ninguna alusión particular. Enredarla. Hacerla tragar más de una vez. Siempre sonriendo. Sin perder el equilibrio. Sin mencionar siquiera al hombre y a la mujer. Iba a ser una sesión de un analista preparado para crear traumas. Volver en su contra todo lo que dijera. Y después, cuando ya estuviera callada y desesperada esperando irse o arrepentida y dispuesta a disculparse, le declararía una contradicción efusiva que poco a poco me iría convenciendo. Eso la ablandaría. La haría respirar y relajarse creyendo que lo peor había pasado, que menos mal no había dicho una sola palabra, estuvo a punto pero logró contenerse, vio a la verdad de perfil pero nunca alcanzo a mirarle los ojos. Sus latidos se normalizarían y todo el terror de la aproximación le devolvería la confianza y, cuando estuviera bien segura, apartada por un ambiente cordial y blindado, vendría la estocada. Esta vez más directa pero a su vez falsa y traicionera, como si no lastimara a ella pero pinchara un muñequito vudú. Entonces, cuando ya no soportara más, cuando estuviera desesperada y necesitara decírmelo o salir corriendo, yo olvidaría todo. Le hablaría de cualquier otra cosa sin importancia. Fútbol, moda o repuestos sanitarios y me iría al baño y pondría música y no permitiría retornar a ninguna de las cosas que hablamos y si era necesario iba a acariciarla como nunca lo había hecho. La cuestión era que no tuviera oportunidad de sincerarse, que la verdad se le quedara atragantada para siempre, por puta irresponsable.
Cuando por fin sucedió, nunca vi una persona tan confundida. Manejé todas sus reacciones como si fueran mías. Parecía un personaje de carne y hueso dando un examen para entrar en alguno de mis libros. Estuvo a punto de largarlo varias veces pero me las arreglé para no permitírselo. Estaba con la regla y esa fue un arma con la que no había contado al preparar este plan de ahogo. Le dije que su autor favorito, Hermann Hesse, había escrito que las mujeres tenían un mecanismo interno para expresarse. Se trataba del período, desde luego. En algunos casos la sangre que corría era de las heridas secretas que ellas mismas provocaban y por eso la mayoría de las veces se avergonzaban de tal estado y por eso se vendan y tratan con discreción la sangre que alcanza el exterior. Busqué el libro donde supuestamente estaba esa observación. Busqué el párrafo con avidez y la seguridad de que nunca iba a encontrarlo mientras ella se mordía los labios ¡Lo que había escuchado estaba en el mismo libro que veía en mis manos! ¡No podía estar inventando todo eso! Quizás hasta pensó que la vida era justa, que ella debía soportar el castigo que mi ignorancia sobre el asunto le aplicaba, que yo veía con los ojos vendados, y la sangre que le corría por dentro era la mía... Iba a explotar. Lo sentía. La mecha llegaba al final. Estaba atrapada por un villano con sevillana. Entonces comencé a hablarle de mí con una franqueza autentica. Describiéndole el sitio donde estaba ubicado en la vida y que si bien nunca antes se me había cruzado por la cabeza me sentía capaz de comenzar una relación seria con ella pero que no me lo comunicara de inmediato, que se fuera a su casa y me respondiera otro día, me había tomado mucho trabajo resolver esto y no quería que se precipitara por mi presencia. Le coloqué el abrigo sobre los hombros. Le di un beso para limpiarme los labios. Y con una palmadita en el culo la eché a la calle. Los triángulos tienen tres lados siempre, iguales o desiguales siempre serán tres, deberíais aprenderlo.

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Vivir como un poeta. Sufrir como un poeta. Embriagarse de poemas. Ser homosexual por la poesía. Yo me emborracho como un barrabrava. Tengo hambre porque soy vago y pobre. Amo porque soy hombre y no escribo porque adoro la belleza si no porque quiero acabarle en la boca a la vida. ¡Lo digo yo y las cientos de biromes que perdí por este mundo! Collado estaba a sus anchas. Leía y lo festejaban. Lo aplaudían. Le palmeaban el hombro. Le pellizcaban el culo. Yo no entendía muy bien que era aquello. El prospecto de un medicamento estaba mejor escrito. Sus frases tenían menos gracia que un corpiño en una caja. Me vino a la memoria un texto de Baudelaire ¨...Así, tu mismo, indigno compañero de mi triste vida, te pareces al público, a quien nunca hay que ofrecer delicados perfumes que lo exasperen, sino inmundicias cuidadosamente elegidas¨. Cavilaba sobre esto, me perturbaba. Los demás seguían leyendo y los aplausos sonaban como quien llama a una casa de campo. Collado quería que participara, que leyera algo de lo mío. Le dije que no traía nada. Me instó a que improvisara. Me negué y opté por irme porque me ponía muy violento cuando estaba fastidiado con algo. Hacía muy poco venía de una experiencia semejante de monologar en público y los resultados habían sido catastróficos. Fue en un cumpleaños en un bar. La hora estaba avanzada. Todos estaban tomados. La fiesta aburrida. Mi amigo Benin me empujó hacia un escenario donde había un micrófono. El lugar estaba lleno y yo comencé a disparar frases que se mezclaban con el humo. Uno de los presentes comenzó a llamarme pastor. Está situación me puso sarcástico. Tenía el poder y emplee mis palabras para ocuparme de él. Lo hostigué ridiculizándolo. Lo bombardee con comparaciones irónicas hasta el punto que se enardeció y comenzó a insultarme. El ambiente se puso tenso. Algunos pedían que me bajara, otros que hicieran silencio y me dejaran seguir. Yo era la mecha, provocaba tanto a unos como a otros. Y en un momento que no puedo precisar, cuando mi voz únicamente era el eco de la discusión, todo el salón se transformó en un combate. Volaron sillas botellas y vasos que estallaban contra las paredes en mil tres pedazos. Las mujeres se tiraban de los pelos. Los hombres se golpeaban en el suelo. Me aplaudían unos contra otros. Sangre aquí y allá. Un pandemónium que hacía morir de la risa a Benin que me festejaba desde abajo. Benin... no puedo dejarlo pasar así. Él es el artista más puro que conozco. Todo lo que hace lo hace bien y con clase. Es capaz de pintar un edificio sin ensuciarse. Su auténtica vida transcurre en su casa donde se dedica a variados instrumentos de música. Se aísla sin atender el teléfono. Sin contestar al timbre. Aún me da un poco de culpa haberlo sacado de allí para contar este episodio. Porque sale únicamente para acudir a sus maestros musicales y para su trabajo en el teatro Colón con la puntualidad de un reloj suizo. Ya de adolescente le sacaba ritmo a cualquier cosa que hiciera un ruido regular. Carritos. Motores. Puertas que se balanceaban. Etcétera. Se las ingenia para encontrar portatos, amalgamas, tremolos. A veces también pasa por Valle. Pero nunca comprometido del todo, como un tío de visita. Simpatiza con todos y a todos le cae bien y en todos produce admiración. Es ácido y frío. Cuando Leo sacó su disco le dijo: ¨Ese disco se vende bien. Ya vendí el que me regalaste¨. Habla sobre cualquier tema con su voz chillona y el cuello se le hincha y lo estira como una tortuga. Sé que no va enojarse porque haya dicho esto. Después de todo él es quién me enseñó a diferenciar los animales en la cara de la gente. Y lee lo que yo le paso y leo lo que él me pasa con la diferencia que los libros me los devuelve intactos, mejor que nuevos, y no puedo decir lo mismo de mí. Se enoja porque hago anotaciones. Sobre todo en la última hoja que generalmente está en blanco por la cual profeso una especie de fascinación. El siempre se va de las reuniones sin despedirse. Desaparece cuando lo cree conveniente porque de lo contrario se siente en la obligación de dar explicaciones. Juntos aprendimos demasiadas cosas. Juntos comprobamos que el efecto del LSD es lo mas parecido al arte. Juntos llegamos a la conclusión que toda nuestra vida es un necesario movimiento de ajedrez en una partida de millones de años. Juntos llegamos a la conclusión que el problema de este mundo es el metal. Sin metal el mundo hubiera tenido otro curso. No existiría la tecnología pero tampoco tantas distracciones inútiles. Habría más gente dedicada a las artes. Menos vorágine. Más igualdad. No sé si se tratará de... ¡un momento! Nunca pensé que podía existir semejante combinación. Me refiero al no sé si se. Es una frase que carece de metal, tienen astillas y todo.
El asunto terminó cuando Bic fue vendido. Una lástima. Aumentaron los precios. Nos bajaron el sueldo. No había mercadería. Ya nadie quiso comprarme. Todo el país se vendió para esa época. Empresas. Servicios. Todo. Remate general. No quedó industria nacional. Ni beneficios. Los hogares llenos de electrodomésticos a pagar en cuotas. Todas las conquistas obreras del siglo perdidas en cinco minutos. Vinieron los recortes. El lema de los gobiernos es: la gente siempre puede ser más pobre de lo que es. Y entonces, recién llegado de viaje conseguí trabajo de cartero. En realidad nunca fui cartero sino el hincha fanático del último sobre. Buenos Aires tiene maldad en las tardes calurosas. Caminaba bajo el verano entre las paredes bronceadas deseando que las cartas todas blancas fueran pájaros que volaran y me desplumaran de mi tarea. Esto duró hasta que gracias a una combinación de amigos y conocidos y parientes conseguí un trabajo en la Municipalidad como cuidaplaza. Ese trabajo me vino al pelo. La plaza se llamaba Misericordia. El primer día estuve allí puntualmente. Vestido para ser servicial. Guantes. Botas de goma. Campera de lluvia. De haberlos tenido hubiese llevado hacha, cuchillo y prismáticos. Era temprano y sólo había rocío. Recorrí el parque como quien besa a su mujer por primera vez. Tranquilo, al paso de un policía canadiense. Estaba dispuesto para cualquier necesidad. Tenía más ganas que un guardaparque. Era invierno y el frío me aguardaba y se lanzaba con furia sobre mí. La plaza era de una hectárea. Uno de sus lados daba a la avenida. Había un mástil sin bandera. Un busto de San Martín. Una calesita abandonada que en lugar de caballos tenía burros. Una fuente goteando. Hamacas. Escaleras convexas. Toboganes. Mesas de ajedrez. Todo pintado con invierno. Había además una escultura de una madre sosteniendo a su hijo que besaba su mentón y acariciaba sus labios con un dedo, y otra escultura de Chaplin, que parecía un experimento. Rasguñado más que esculpido. No había señales de vida en ningún sitio. Ni hojas arrancadas. Ni pircas señalando los arcos. Ni pasto pisoteado. En algunos sectores hasta podían verse los escombros del relleno. Parecía un espacio verde recién recuperado. La gente les teme. No se siente a gusto. Cuando terminé la recorrida vi lo idiota que significaba emplear a alguien para un trabajo así. Todo mi esfuerzo consistió en poner el asiento de un banco en su lugar... me sentí casi inútil. Nada había por hacer allí salvo merodear y esperar que el sol apareciese por detrás de los edificios. Vi un cartel que bajo el símbolo de prohibición tenía una rama, con frutos y buenas hojas. No supe que significaba. Si quisieron prohibir que arrancaran las plantas, les digo, les faltó dibujar una mano, o sólo dos dedos si se les hacía difícil. Elegí para esperar el lado opuesto a la avenida. Me senté en un extremo de la calesita y la miré endulzado unos segundos ¡Cuánta felicidad con sólo dar vueltas! Cerrada pero no en mal estado. Podía arreglarse y funcionar gratis, para el bien de todos. Los mismos padres aprenderían a accionarlo... aunque siempre hay alguine que desea ser útil. También me gustaría hacer una fiesta en ese lugar. Nocturna. Con la calesita funcionando a la velocidad de la música. Y muchos tragos y muchos lo que quieras. Me imagino mujeres desnudas, cabalgando y dando vueltas con los brazos levantados. Mientras tanto seguía haciendo frío. Cuando pensás no hace frío. Lo difícil es no pensar que hace frío. Un pequeño concierto de pajarillos me animó un poco. Sería bueno si los hombres cantaran al despertar. Los cadavéricos viajes de subte matutinos serían más animados. Hasta podría haber vagones con diferentes clases de música. Lo mismo para las calesitas. En Colombia, en las travesías de los micros el vallenato sonaba durante toda la noche. Cada vez más frenéticos, el conductor y la música. Al amanecer era un volumen incontrolable. Te despertabas confuso. Transpirado. En tu garganta cabía exactamente una llama. Campanilla al spiedo. Y el camino adentrándose en el calor. En cambio, los caminos de mi plaza eran inmóviles, podían estar como no.
A eso de las ocho aparecieron los perros y sus amos. No eran muchos. Tal vez seis. Me les presenté sin conseguir nada con eso. Era gente pronta al trabajo. Peinados para desayunar. A decir verdad les daba lo mismo si había cuidaplaza o no. Incluso me miraban fastidiosos de que tuviera un trabajo tan estúpido que ellos mantenían con sus impuestos o tal vez creyeran que era un loco que había imaginado ser lo que era. Más adelante, cuando los veía, buscaba el otro extremo de la plaza para que no tuvieran que dirigirme la mirada... podían elevar quejas. Los perros eran como sus amos. Esa fórmula nunca falla. No respondían a mis chistidos y caricias. Querían correr. Olerse. Escapar siempre.
Al mediodía mi bodrio era total. Conocía todos lo árboles. Sobre todo el palo borracho con sus pinches heavy metal. Sabía cada lugar donde habían hecho pis los perros. Había pensado quince mil veces en irme a mi casa. Trabajaba vagando, esa es la verdad, mi función. Sólo esperaba ser útil una sola vez, aunque me pidieran que contara los hormigueros. Lo hubiera hecho gustoso. Durante toda mi vida le dediqué mucho tiempo a observar las hormigas. Las alejaba de su huella. Las provocaba. Fabulé miles de veces con ellas y si mal no recuerdo escribí un cuento sobre hormigas que actuaban como letras en un libro e iban cambiando su significado a medida que avanzabas. Cada quince días llegaban los cortadores de pasto con sus guadañas eléctricas y no necesitaban ayuda y no tenían ganas de conversar. Se calzaban su protector de oídos, decapitaban todo el parque y se iban tan rápido como podían. También aprendí a esquivarlos. Así pues, andaba por allí como si fuera la última criatura de un zoológico abierto. La policía me detuvo en más de una oportunidad e intentaron llevarme por vagancia. Me costaba gran esfuerzo convencerlos que era el cuidaparque. Me tomaban por loco. Se burlaban de mí. El hecho más significativo era despertar a algún pordiosero bajo la escarcha y ofrecerle una moneda para que tomase un café y no palmara en ese mismo lugar. Cuando sucedía eso, me llevaba una buena media hora despertarlos y decirles algo convincente sobre mi labor. Me confundían con evangelistas, con testigos de Jehová, con un soldado raso del Ejercito de Salvación. Ya ves, lo difícil que es tener autoridad sin uniforme.
Una mañana hacía tanto frío que mi sensibilidad no alcanzaba los pies y apenas llegué vi un bulto oscuro y muerto bajo un árbol. Era un hombre. Frezado. Parecía la raíz del árbol que eligió para dormirse. Tardó unos minutos en abrir los ojos cuando lo toqué. Tenía lagañas de hielo. Olor a carnicería. Aliento de cadáver. Yo acostumbraba llevar leche caliente en un termo, y le convidé una tapa. Recuperó levemente su color pero sus huesos no tenían movilidad. Se había convertido en un esqueleto de dos piezas. Un playmobil. Era un hombre silencioso. Abrumado. Casi no llevaba nada consigo, un perro, que apenas podía reconocer otra cosa que su hambre. Me pregunté porque no ponían a alguien como él en mi lugar. Lo haría mejor que cualquiera. Día y noche. Con más celo que el que podría tener un magnate por sus campos. Y sin embargo el tipo estaba ahí, tiritando. Ya había evacuado toda la pobreza que llevaba encima. Habita en otro sitio. Desplazado. No puede creer en los hombres ni en sus ciencias. Mira como un redentor. Seguramente rechazaría tal empleo, ¿qué provecho podría sacarle? Es decir, al quitarte de en medio, aislado por convicción u obligación de la farsa cotidiana de la desesperación y la desesperanza de progresar, de felicidad con aditamentos, de llevar fotografías en lugar de recuerdos, ¿cómo podrías distraerte un segundo en cuidar una plaza, o atender un negocio o trabajar de lo que sea? ¿cómo podrías incluso pensar en mañana, o en cortarte el cabello o en cepillarte las uñas? No hay ninguna razón para hacerlo. Los hombres se sienten desvalorizados sin sus pertenencias. Con las manos vacías se atemorizan. Sólo se sienten seguros en la intimidad. Bajo un techo. Sin él están incómodos. Huyendo. Penando. No comprenden que viven en el pasado, constantemente. Si ahora mismo tuvieras la oportunidad de retroceder cien años o trescientos o mil, ¿buscarías un empleo? ¿te preocuparías en procúrate un lugar donde pasar la noche o vagarías sin descanso para dormir donde te topes con la oscuridad? Podrías considerarte pobre si miraras a los ricos de turno. Hasta incluso podrías envidiarlos, pero como estás al margen de la sociedad en cuestión, eres todo lo que ellos no saben ser. ¿Y por qué no ahora? Con un perro y un joven como yo que te despierta con algo caliente mientras toda la población únicamente masifica y le da sentido a los libros de historia. Por qué no mañana cuando los autos vuelen y los hombres piensen ayudados por máquinas. El trabajo damnifica. Los domingos son terribles porque los hombres descubren que no poseen verdadera actividad. Necesitan reponerse para caer nuevamente. Siempre les es más placentero dormirse que despertar. ¨Hoy es pobre - decía Nietsche- pero no porque le hayan despojado sino porque tiró lejos de sí lo que poseía ¿qué le importa? Está acostumbrado a hallar. Son pobres los que no pueden comprender la pobreza voluntaria¨.

(...)

Durante meses nos transformamos en vagabundos que se juntan para ver casas. Vagaba cada uno por su lado, buscando donde dormir. Dago, entretanto, se echó un par de viajes. A la Quebrada, a Valparaíso y a Montevideo. Nirih se fue a vivir a los árboles como el Barón rampante de Calvino. Yo me fui unos días a Córdoba y, en Los Paredones, en el sitio exacto donde se besan dos ríos, donde las rocas son como la piedra cansada de los Incas, encontré una cabaña con una potente máquina de escribir. No había hojas. No había luz. No había nada. Estaba yo y dos gatos peleándose en mi cabeza. Encontré un libro, Los cuatro vientos, y le arranqué dos hojas en blanco, la del principio y la del final. Sé que sus autores, Villonlfo y Jendersenn, no se van enojar si algún día lo saben. Y por si se enojan voy a decirles que escribieron un libro de mierda. Con esas hojas me puse a escribir. La cinta de la máquina me hizo gritar anarquía. Una abeja me picó el antebrazo. Se me hinchó. El veneno me mordía los tendones. Tenía dos bíceps en el mismo brazo. Según me dijo Manuel una vez, una picadura así es afrodisíaca. Era una lástima porque estaba solo como un ombligo. En ese sitio Alfonsina Storni escribió una poesía, y en honor a ella, al mar, a lo suave, a los sapos secos en la ruta, a las serpientes sonrientes, a los dedos falsos de los magos, a los artesanos con pulseras de alambre de púa, a los que duermen de brazos cruzados, a los basureros que te tocan el timbre para venderte una rifa, a los que compran ropa en Munro, a los que mueven banderas de estacionamiento, a los homosexuales que trabajan limpiando los baños de hombres, a los que barren sus dientes todas las mañanas, a los hipersensibles, a los enfermizos, a los incurables, a los semi felices, a los tamagochis, a los que desarman un rosario para jugar a la bolita, y por supuesto a las abejas, escribí una sensación, esperando secar, colgada de las nubes, con la alegría de saber que la felicidad existe así como deja de existir.
La felicidad siempre redondea hacia abajo. En la entrada de ese magnífico lugar -si es que los lugares divinos tienen entradas- me recibió Javier, y conversamos sobre los ojos topacios de Jesús, los diques, las plantaciones de marihuana, le resistencia de Praga, los ushnamundis, el Tao, la alimentación, las mujeres, culturas, pueblos, idiomas, dioses, Napoleón, Cesar, Alejandro, Salgan-De Lío, Gardel y Le Pera, y me dijo que esperaba que alguien escribiera un libro allí. Y la idea me desesperó. Sentí que debía hacer el sacrificio. Pero le había prometido a Uva que volvería pronto y estaba tan ansioso por verla como por escribir un libro en ese lugar. La única vez que me separé de Uva tanto tiempo nos prometimos que nunca volveríamos a hacerlo. Yo le era tan fiel que me masturbaba pensando en ella. Contaba todos los días con rayitas como si estuviera cumpliendo una condena. La condena de no verla. Uva era el único árbol que me importaba. Los querubines defendían ese árbol. A los restantes los había talado y una manada de ovejas comía sus raíces Y el paisaje se me abre como un libro donde soy el único capaz de crear algo con letras. Donde puedo jugar con el aire, el agua, la tierra y el fuego. Donde caí como un ángel. Un ángel que nunca habitó el cielo y durmió en el umbral del infierno más de una vez. Un ángel que nunca comprendió cuanto es lo que vive y cuanto lo que deja de vivir. Está sucio. Herido. Es como un murciélago sin alas. Pero no se alimenta de sangre. Vive de Dios. Le chupa hasta los tuétanos. Muerde y revuelve. Busca y excava. Una gran roca es mi escritorio. Un río cristalino corre delante de mí. Una brisa fertilizante me da en la espalda. El viento me ovaciona. No tengo ni una gota de hambre. Nunca imaginé que alguna vez podía trabajar en un lugar como ese. ¡A tan temprana edad y a semejante hora de la mañana! Estar allí escribiendo significaba más de lo que pudiera escribir. Pero eso tiene su explicación si lo comparamos al hallazgo de un manuscrito, no importa de quién, Cervantes pongamos por caso. Si tuviera algo semejante en mis manos, no lo leería por el placer de leer su obra. Pondría todos mis esfuerzos en descubrir donde y como estaba de salud y de humor en el momento que lo escribió. La lucha comparativa entre los escritores y con esto no quiero decir que me comparo con Cervantes. Por favor. Hablo de la lucha de carne y hueso, la que va más allá de las obras si no que juega con las explicaciones. Los escritores que son hombres a pesar que parecen ser indefinidos, apartados, que pareciera que todo el tiempo están cuidando de un fuego y es lo único que les preocupa. Cuando algún escritor amigo sufre, siento un placer perverso por él. Alabo su desgracia para que de fruto, para que caiga en un pozo, porque cuanto más sufrís más capacidad tenés para el gozo, el mismo recipiente contiene a ambos. Del mismo modo sé que hay gente que espera lo peor para mi, en buenos términos. Son los mismos que quizá me consuelan sabiendo que el auténtico consuelo va a provenir de mí. Y ya que hablé de recipientes y también del Tao, quiero transcribir algo que reúne a los dos: ¨Con arcilla se fabrican las vasijas, pero la utilidad de las vasijas, dependen de su vacío¨.
El libro en Los Paredones fue escrito y nadie lo leyó y nunca será editado. Al volver a Buenos Aires andaba de techo en techo, con hambre, con sueño. Hacía tantas visitas como un médico de guardia. Oía toda clase de problemas. Me volví conversador como nunca antes. Ningún detalle se me escapaba para hacer una observación que consideraba interesante. Citaba a todos mis amigos y a cualquier escritor que me viniera a la mente me gustara o no. Lo hacía por derecho propio, como prueba de mi atención y mi lectura. Una vez entramos con Morocha a una librería para comprarle un regalo de cumpleaños a una amiga suya que yo no conocía. Una librería es para mí lo que la casa de chocolate para Hansell y Grettel. Comencé a abrir los libros de mis escritores preferidos haciéndole breves reseñas sobre cada uno y las razones por la cual podías compenetrarte en el relato. Estaba tan entusiasmado en este servicio que Morocha me dijo ¨hablás sobre ellos como si fueran tus amigos¨. Y lo son, por cierto. Y mis amigos están jugando a mi memoria por todas partes. Se divierten como yo sé. Me enseñaron a hablar para que el idioma no parezca una repetición de palabras. Nos mantenemos en comunión. Me sacuden cuando me estoy quedando dormido. Me retan cuando cedo en el esfuerzo. Me aprueban cuando entro en tesón. Los felicito cuando estoy pensando algo que ellos ya escribieron. Cuando eso sucede me digo ¨muy bien, me ganaron de mano, pero eso significa que voy por el buen camino¨. Sin embargo, entre los verdaderos artistas hay una lealtad desmedida. Si dos fotógrafos con las mismas cámaras reguladas exactamente igual fotografían el mismo objeto en el mismo momento se puede decir que sacaron la misma foto, pero si a uno se le vela la película, nunca aceptará que la foto del otro sea la suya. Con Pola solemos jugar a estas cosas. Tras una larga charla que mantuvimos cierta vez, llegamos a un acuerdo: Hay que jugar con la gente como si fueran personajes nuestros. Después de todo, nadie los conoce y a todos les gusta que hablen sobre ellos. Bien o mal, es lo mismo, como lavar una prenda desde el revés.
Entre mis anfitriones sacaba a relucir toda mi seducción. Era la necesidad. En otro momento hubiese callado la mitad de las cosas que pensaba, pero sucedía como cuando uno conoce a una mujer y trata de conquistarla. Allí es donde sale a la superficie toda la inteligencia, el humor. Los recuerdos se vuelven más interesantes y siempre viene acompañados de una o dos reflexiones. Más de una vez, recurrí a este método para renovar mis ideas. Me acercaba a una chica y hablaba sobre cualquier cosa tratando de recordarlo para anotarlo después. Es un buen ejercicio pero se olvida casi todo, como todo lo que vas a olvidarte cuando te duermas, como todos los sueños que no recordarás cuando despiertes. Sin hogar estaba en constante necesidad. Y el que necesita generalmente se avergüenza de ello. No tanto por sí mismo, si no por la sobreatención que pone el otro en complacerte. Es decir, abren los ojos bien grandes cuando le decís que estás mal alimentado y si querés tomar un baño hacen un sinfín de preparativos para que te sientas a gusto sin darse cuenta que eso mismo es lo que te sugiere incomodidad. Entonces aprendí a esperar el momento para pedir una taza de leche, pedir una ducha, un sitio donde dormir. Podía acomodarme en cualquier rincón, como un gato. Era muy difícil regular los horarios de los demás. Yo me dormía a eso de las cinco de la madrugada y debía levantarme cuando las casas comenzaban a tomar vida. Si los dueños se levantaban a las ocho para ir a trabajar, a esa hora tenía mis ojos despejados y salía a lavarme la cara con el rocío tratando de ver donde podía robarme un lácteo de los que dejan los repartidores en las puertas de los negocios. En cambio, si tenían que levantarse a mediodía, se veían obligados a llamarme varias veces. Cuando madrugaba tenía que hacer malabares para no desfallecer durante el día. Necesitaba una siesta. Es sencillo conseguir un lugar donde pasar la noche pero se complica cuando querés dormir por la tarde. Es cosa de vagos y nadie quiere tener un vago durmiendo en su casa. Entonces me veía obligado a dormir en las guardias de los hospitales, en las aulas vacías de las universidades, en estaciones de trenes, en bibliotecas. La primavera estaba sobre nosotros y todo se hacía más fácil. La gente se acuesta más tarde y eso me daba más tiempo para decidirme a quien visitar. Estaba Elías que no tenía ningún problema en que fuera a su casa. Me daba de comer. Ponía a mi disposición su biblioteca, su escritorio, sus cigarrillos. Incluso no se enojaba si le miraba el culo a su mujer. Pero lo que no toleraba era que por la mañana doblara mal las sabanas que había usado. Eso lo sacaba de quicio. Y nunca pude aprender a hacerlo ¡los elásticos me volvían loco! Elías, desde hace cuatro años junta boletos para cambiarlos por una silla de ruedas cuando consiga un millón. Es un entretenimiento más que un cometido. Le sugiero que compre los rollos en alguna imprenta y los corte con una tijera troquelada. Llegará más rápido. Nunca se le había ocurrido. Mi propuesta le arruina la tarea. Lo hace sentir vacío como un colectivo fuera de línea. La primera vez que se me ocurrió ir hasta su casa había estado vagando sinsentido por la ciudad. Estaba leyendo a Meyrink en la parada de un colectivo y no sé que frase me hizo recordar a Elías. Yo estaba ahí con hambre y sed simulando esperar el transporte para evitar sospechas y denuncias porque en Buenos Aires permanecer sin hacer nada en un sitio que no te justifique es delinquir. Luego de llamarlo encaminé hacia su casa con la sonrisa de una nueva esperanza. En el camino comencé a tener frío pero me abracé y seguí andando. No había caminado dos calles cuando encontré en medio de la acera un sobretodo negro y en buen estado. Adjudiqué este hecho a una especie de milagro, a algún ángel perezoso que se ocupaba de mí. Levanté el sobretodo y luego de examinarlo y comprobar que estaba en buen estado lo arrollé en mi brazo y continué. Con el abrigo en mi poder el frío desapareció de mi cuerpo. Era como la tranquilidad que aporta al estómago tener la heladera llena. Llegué a casa de Elías que me esperaba con una pizza. La pizza estaba fría y quería calentarla. Le dije que me la diera así, que no había problema, ya tenía la lengua plastificada y podía comer cualquier cosa. Pero él estaba obstinado en que me sentaría mejor si le daba un golpe de horno. Mi estómago hacía ruido. Tenía que levantar la voz para que no lo escuchara. Entonces, cuando se dispuso a encender las hornallas, le tuve que confesar que la quería de inmediato, que tenía más hambre que frío. Esa misma noche no pude escribir por como hicieron el amor Elías y su mujer. Eran como un coro de gemidos y jadeos. No podía concentrarme. Las paredes temblaban como en un terremoto. Abrí la puerta por sí acaso y más tarde salí a dar un paseo. Estuvieron así unas horas y cuando terminaron se acostaron los dos, sin saber que eran tres.
En mi peregrinación por los distintos hogares lamentaba no poder usar la computadora que me habían regalado con tanto amor. Adonde quiera que fuese estaban todos chupados por la televisión. Trataba de molestar lo menos posible. Meaba en los costados del inodoro para no hacer ruido. Trataba de ayudar en lo que pudiese. Hice de niñero. Lavé platos. Bañé perros. Barnicé muebles. Lijé paredes. Corregí cuentos. Posé desnudo. Corté espículas de los dedos de los pies. Atendí a una familia completamente intoxicada por algo que habían cenado antes que llegara. Sostuve el torniquete de un pincheta mientras se inyectaba. Dormí en camillas y en todos los suelos que te puedas imaginar y un día decidí pelarme para no necesitar lavarme el cabello periódicamente y que la grasitud no denunciara mi descuido. Nunca antes me había sentido un huésped en mi propia ciudad. Buenos Aires se había transformado en un gran hotel del cual no tenía la llave. ¿Acaso, después de tanto tiempo, no merezco tener mi lugar? ¿no merezco un techo? ¿acaso no viví en esta tierra el tiempo suficiente como para que me entreguen una parcela? ¿acaso ya no la pagué comprando leche, carne, yendo a votar? ¿Acaso no resistí las lluvias, el frío, el sol y los cortes de luz? La tierra debería ser de quien la habita. Yo me gané mi derecho. Con mi basura rellenan el río, de mis soretes se alimentan los peces que regalan a los japoneses en contratos fraudulentos. Puedo demostrarles que soy de aquí si hace falta. Puedo enumerarles las calles desde el río hasta la General Paz. Puedo mostrarles mi apéndice dentro de un frasco con formol en el Hospital Penna. Le ofrecí mi boca a dentistas inexpertos. Vendí banderitas cuando vino el Papa y había más vendedores que gente. Puse la basura en su lugar. Troté alrededor del Velódromo como un estúpido esperando aprobar los exámenes de gimnasia. Rompí vidrios del palacio Pizurno en una protesta estudiantil. Olí la bosta vestida del Campo Hípico. Dormí en la plaza de mayo una noche de Marcha de la resistencia. Fui a la cancha al autódromo al hipódromo. Conozco la rural el zoológico y el puerto. Salí por los cuatro canales de aire. Saqué escombros de la Amia. Fui escolta de la bandera y canté himnos y marchas. Creo habérmelo ganado. Espero una respuesta de quien corresponda. No tengo dirección. Mandar el mensaje al propietario de las calles por las cuales camino.
En algún lado me senté a reflexionar sobre esto. Pensaba que todo era una aparición con pasado. Fotografías. Recuerdos. Cicatrices. Incluso no estaba seguro las cosas seguirían funcionando como antes. Permanecí inmóvil, en un lugar diapositiva, como si estuviera en una escena de un pequeño teatro girando sinsentido en el espacio megadimensional. Nada alrededor. Nada que tuviera capacidad para ver. Podía estar en el interior de una mujer embarazada esperando que alguien me eligiese para nacer. Estaba cómodo, con un buen par de nubes en los pies y la tranquilidad de un silencio que se enciende y permanece como una antorcha a la velocidad de la vida. Mientras tanto reboto de casa en casa buscando un sillón donde apoyar el culo. Visito el hogar de los Krishna para comer gratis aún si tengo que escuchar sobre sus meditaciones metropolitanas. Después de comer salgo a la calle dando saltitos cantando ¨¡Hare hare!¨. Muchos domingos, mientras los veía alegres en esos parques donde los amos le pasan papel higiénico a sus mascotas, me había preguntado si también vestían así los días de semana. ¿Porqué no? Hacía una semana que yo estaba vestido con la misma ropa. Basándome en su filosofía traté de desarrollar un sistema de alimentación visual. Comer por los ojos y eructar un fuera de foco con el iris. Si mi indigesto no hay problema, tengo que acudir al Hospital de Ojos Santa Lucía. Debo obtener mi energía de cualquier manera. Pero todavía no es necesario, ya comí. Pasé mi comida de un diente a otro. Por arriba y por abajo. Con el corazón lleno y la panza contenta no hay porque preocuparse. Las cosas marchan mejor así. Cuando me ponía a analizar mi situación podía salir beneficiado o perjudicado según desde que punto lo mirase. Tenía armas para venderles a los dos por igual. Y la guerra se desarrollaba en cualquier momento. Era una guerra auténtica. Me refiero a que lo más dramático de una guerra es que la gente se alegra si hay muertos de los otros. Lo mismo en mi cabeza. Los días que no escribía absolutamente nada estaba dispuesto a deponer. Me rendía agitando mi hoja en blanco. En cambio, si conseguía extraer todas mis propiedades químicas en un párrafo, nadie podía contra mi sonrisa. Nada puede producirte mal cuando tu interior está bien. Así te caguen de arriba de un puente. Debo recordar aquel año en que viví en una casa en construcción. Mi viejo, como buen gitano, nos había llevado allí. Un amigo suyo se había embarcado en una empresa que no pudo llevar a término y desesperado acudió a él. Se trataba de un terreno que había comprado para edificar. Tenía hecha la estructura con habitaciones y baños pero ya no le quedaban fuerzas ni plata. Mi viejo nunca supo decir que no y se hizo cargo. Le entregó una suma y más tarde se la completaría. Así comenzó su tarea para terminar la casa mientras nosotros desayunábamos en pisos de polvo, con bolsas de arena como mesa. Todo el dinero que entraba iba a parar a las paredes o a las instalaciones. Una inversión de nuestra niñez. Por lo tanto, yo derrochaba pobreza entre mis nuevos amigos del barrio. Recuerdo que eran niños con raya al costado que no los dejaban cruzar la calle solos. Pero al hecho que quería llegar fue que una vez todos sacaron su bicicleta para dar vueltas manzanas. Yo no tenía la mía, entonces iba corriendo a su lado. Estoy en plena carrera a la par de una bicicleta, pedaleando el piso, cuando levanto la vista y lo veo a mi pá colgado de un andamio a punto de dar un martillazo y noto como se desmorona su mirada al verme. Lo saludo y veo como baja la vista, deja el martillo, se rasca la cabeza y abandona su tarea. Entendí todo. Su impresión fue que me estaba condenando, que su propósito me hacía prescindir de la felicidad. Fue la primera vez que pensé como un padre. El padre de mi mismo. No me sentí disminuido aquella vez y luego de eso nunca tuve motivos. El hecho de tener que correr a la velocidad de una bicicleta significó todo lo contrario. Podía hacerlo con mis propias piernas, y más rápido quizás. De mi tenía que salir el juego, de mi tenía que salir la velocidad. Cuando aquellos niños se bajaban de la bicicleta continuaban tan aburridos como estando encima de ella. Montaban las dos ruedas para cambiar su monotonía. El hecho significaba más que el juego en sí. Había momentos que hasta me sentía incómodo con mi superioridad. Puede que me burlaran, puede que se rieran cuando les contaba que mi pá desempastaba las bujías con fuego, puede que me miraran extrañados cuando veían donde vivía, pero el esfuerzo que me llevaba a enfrentar esas cosas, estaba creando en mi un revestimiento de convicción, confianza, solidez. Durante el resto de mi vida continué haciendo lo mismo, y seguiré haciéndolo, porque estoy convencido que antes de morirme tendré que cavar mi tumba, porque soñar con una torta a veces tiene mejor sabor que comerla. La certidumbre quedó clavada en mi con el mismo martillo que mi viejo dejó de utilizar en ese momento. El golpe que detuvo amuró mi fe. Puso sangre de más en mis venas. Me quitó la paja del ojo. Me depiló la lengua. Me dio amor propio para convidar. Quizás mi viejo haya pensado que su emprendimiento nos privaba de algunas necesidades que los otros tenían resueltas, pero un hombre se ve tanto en lo que hace como en lo que es capaz de dejar de hacer.

(...)

Guillermo De Pósfay - SED [2000] Tirada: 4000 ejemplares.

Si te interesa conseguir este libro completo,
pedilo escribiendo a guillermodeposfay@yahoo.com.ar

9 mordida(s):

miriam dijo...

Cuando cortás una lombriz en dos, ambas llevan alma?
Esa frase sola merece leer todo.
Slds para todos, Miriam

ru dijo...

Genial Sed,
Geniales todos los de Guillermo que leí,
y leeré con sed el próximo que me caiga a la mano

Germán dijo...

lo conocí en gesell, laburando en La Quadra, se acercó y nos contó quién era y que hacía.. leí naturo, la revolución transparente y yerba mate.. donde puedo conseguir el resto?

Anónimo dijo...

es verdad la obra este escrito,llega a tus manos ,no sabes como,de forma solidaria,magica,esta bueno.

Anahi dijo...

me encanta guillermo. me lo cruze en san marcos y le compre yerba mate libre...

Rocco dijo...

donde puedo conseguir yerba mate libre??!!

Rocío dijo...

yo se donde!

Rocío dijo...

hay una librería en san telmo que se llama la libre ahí esta

Anónimo dijo...

con el libro "el cielo es de quien lo vuela", logre volar leyendo, literalmente. gracias Guillermo.

:)) w-) :-j :D ;) :p :_( :) :( :X =(( :-o :-/ :-* :| :-T :] x( o% b-( :-L @X =)) :-? :-h I-)

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